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jueves, 10 de noviembre de 2011

Mamá, no quiero estudiar.

No quiero perder el tiempo haciendo esa mierda. Qué coño me importan los textos de latín y la biografía de Aristóteles; qué cojones me aporta saber distinguir una yuxtaposición y un complemento agente en una oración compuesta, qué me importa a mí si los fenicios comerciaban con bronce o con alpargatas. Las únicas asignaturas útiles son inglés y economía. Sí, me cambié de ciencias en primero de bachillerato a letras en segundo, soy un kamikaze.
No quiero que me juzgues por la nota de un examen que me he estado preparando cuatro horas, si el único esfuerzo mental que haces a lo largo del día es decidir lo que hay de cenar. No quiero emplear mi tiempo en intentar demostrar que sé hacer lo que el noventa por ciento de la población puede hacer en mi lugar. No quiero pertenecer a un sistema utilitarista en el que todos somos igual de inútiles para la misma tarea, en el que no tenemos personalidad (o al menos nadie nos la ha pedido), no quiero tirarme media vida trabajando sin remuneración para luego no comerme un rosco, sabiendo que con un currículum vacío en el que no tienes ni el bachiller puedes llegar al congreso de los diputados y votar por leyes en función de lo que los prejuicios de tus abuelos te han enseñado, sabiendo que por ir unos meses al gimnasio, ponerme una camiseta ajustada y meterme en una mierda de programa de Telecinco para alimentar toda la mierda con la que están vaciando el poco cerebro que nos queda en España, puedo ganar más dinero en un año que en toda una vida dedicándome a trabajar por algo realmente constructivo. Me niego a que lo que realmente me hace feliz, lo que realmente me hace sentir que soy alguien con talento, es decir, tocar la guitarra e intentar emocionar a alguien con una canción en YouTube, me niego a que eso no sirva para nada, esté considerado como una pérdida de tiempo y encima me lo impidas con la excusa de que hago ruido, cuando la única verdad es que tal hecho te molesta porque no encaja en tu plan cuadriculado de lo que crees que debería hacer con mi vida, que no es tuya, es mía, sólo porque en la tuya cometiste los suficientes errores como para seguir a los cuarenta años con la cabeza vacía y la nómina temblando cada mes, porque los políticos también te comieron a ti la cabeza, tu cultura también te arrastró a la ruina y tu falta de previsión te llevaron a este presente en el que intentas consolarte, como la mayoría de las madres como tú, diseñando mi vida, haciéndote creer que me haces un favor y que me proteges, cuando lo único que haces es alejarte de mí y del presente, que exige muchísimo más que un plan predeterminado de alguien que ni si quiera se atreve a salir con el coche a más de diez kilómetros de la ciudad, ¡por favor!  Yo tengo algo que a ti no te pidieron: ideas propias. Creatividad.
Y esa idea no me la va a cambiar nadie.
Mamá, no quiero estudiar.

viernes, 9 de julio de 2010

"Todo el mundo" (2ª parte)

"...todos los hombres necesitan ser comprendidos, amados y pensar que no están solos en el mundo".

Realmente es algo muy bonito de decir. Es muy agradable escribir que estamos equivocados cuando el argumento que se utiliza es el del amor, la convivencia, la comprensión y la psicología individual de cada persona. La libertad y la seguridad que son inversamente proporcionales, el amor y el odio, que son diferentes colores del mismo sentimiento manifestado hacia los demás desde uno mismo; el azul que, si no tuviera un amarillo con el que contrastar o un violeta con el que emparejarse, no podría definirse como azul.
Esto último de los colores es una simple y burda metáfora que se me acaba de ocurrir, pero ahora mismo estoy descubriendo cuanta importancia tiene su comparación. Me explico.
Aplicado a rasgos genéricos, este concepto se puede definir paralelamente cambiando de objetos, es decir: "Si no tuviéramos alguien a quien odiar o un amigo con el que corroborar nuestras ideas, no podríamos definirnos como únicos"; no podríamos nombrar nuestra identidad como nuestra, nuestras características no serían nuestras, y nosotros no seríamos dueños de nuestra propia identidad, incluso seríamos responsables de nuestros actos.
Sí, he dicho bien. Si no tuviéramos identidad, seríamos responsables de nuestros actos. Por eso confirmo que en un mundo y una sociedad como esta a la que pertenecemos, en esta situación en la que nos encontramos, es gracias a nuestras diferencias y similitudes que tenemos una identidad y, por consiguiente, NO somos dueños de nuestras decisiones, no somos responsables de nuestros actos ni de nuestros sentimientos.

¿Por qué?

Claro que a todo esto me refiero éticamente hablando. Quiero decir que no somos dueños de nuestras decisiones precisamente porque tenemos una identidad que defender y que definir. Para seguir siendo nosotros, tenemos que conservar y actualizar nuestra apariencia (con nuestro físico y con nuestras acciones) para que los demás, cada vez que la vean, sigan sin tener una duda de que seguimos siendo nosotros. Tenemos que labrar una ideología, unas costumbres, unos gustos, unas reacciones que se van haciendo típicas de nuestra personalidad, en cuya consecuencia los demás, en función también de su personalidad y de su fenotipo adquirido, verán si son compatibles o no con nosotros.

Si no es éticamente hablando, es decir, de manera real y objetiva, aunque nuestros actos y nuestras decisiones estén completamente guiados por lo que nosotros mismos hemos definido en un patrón personal de diferenciación y razón autodirigida, la realidad es la que es y tenemos que ser capaces de analizarla de la manera que más se acerque al "punto de vista medio de cada persona", es decir, la medida exacta que garantice que ante un juicio emitido de forma general, estarán de acuerdo una cantidad de personas mayor que en caso de que dicho juicio fuera otro. Por eso hemos inventado la justicia, las leyes, los derechos, las obligaciones, y todas esas normas burocráticas que encauzan los límites de nuestro comportamiento en sociedad.
Para explicar todo esto, pondré el primer ejemplo que se me ha venido a la mente, aunque no sea muy agradable de recordar (trata de una entrada anterior de mi blog, acerca del 11-M):

Los hechos reales son que unos terroristas han puesto unos explosivos en un medio de transporte público, y en consecuencia, han muerto cientos de personas. Ese es el hecho físico, es decir, algo innegable y demostrable por todos los medios. Ahora, vamos a ver las distintas caras subjetivas de esa moneda real.
Desde el punto de vista de las víctimas, o personas relacionadas, el hecho en sí será condenable, porque las personas que han muerto han perdido su vida de forma injusta, han sido asesinadas.
Desde el punto de vista de alguien ajeno, lo más frecuente será también condenar el suceso y a sus autores, dado que por naturaleza tendemos a ponernos del lado de las víctimas, y nos resulta injusto lo que han sufrido, ya que podíamos haber sido nosotros, porque pertenecemos al mismo sector de la población (el sector civil).
Pero, ¿y qué pasa con los autores? Claro que un atentado terrorista nunca es justificable, pero si nos paramos a pensar en los autores, desde su punto de vista, lo que han hecho ha estado bien. Para eso existe también una cosa llamada educación. Los autores tienen unos principios, un sistema y unas ideas que, para conseguir unos objetivos, les han llevado a actuar de una manera que ellos consideraban efectiva, ética y poco reprochable.
Por eso hablaba yo de la igualdad de todos los hombres en caracteres psicológicos. Ninguna persona actuará nunca en contra de sus propios principios. Si los terroristas no consideraran ética y "buena" su forma de actuar, no serían terroristas. A ellos también hay que comprenderlos (no perdonarlos, sino comprenderlos).

Pero la realidad sólo es una, y como comprobante de mi teoría, se aplican las medidas con las que la mayoría de las demás personas estarán de acuerdo. Decía yo en mi entrada "debemos estar única y exclusivamente del lado de las víctimas", y es verdad. Debemos reducirnos a los hechos físicos y demostrables, y olvidarnos de nuestras otras diferencias, como las ideologías.
Por eso, cuando se intenta hacer lo correcto, se tiende a generalizar y a maximizar. Me explico.
Aunque sea cierta la frase "no siempre lo que dice la mayoría es lo correcto", sí es verdad que a la hora de juzgar un hecho, si interpretamos que ese hecho está sucediendo en todos lados, podremos emitir un juicio justo y apropiado.
Al morir cientos de personas en un atentado terrorista, si interpretamos que TODAS las personas del mundo pueden morir en un atentado terrorista, consideramos que ésa es una muerte injusta, y por tanto, incorrecta, lo que nos permite concebir como negativos los atentados terroristas. Cuando una persona está hablando en un sitio público donde hay más personas, es posible que haya al menos una persona que se sienta molesta al oír a la que habla. Por tanto, si interpretamos que hablan todas las personas, podríamos llegar a la conclusión estadística de que todas las personas se sentirían molestas, determinando así que el hecho de hablar en un lugar público es un gesto de mala educación.
Si entendemos que cuando una persona se cepilla los dientes tendrá la boca más limpia, evitará enfermedades e infecciones y resultará más agradable a la hora de relacionarse presencialmente con otras personas, podremos generalizar que todas las personas se cepillan los dientes para entender que el hecho de cepillarse los dientes con cierta regularidad es bueno para la mayoría de las personas.

Así podría seguir con un montón de ejemplos. Claro está que no tengo estudios al respecto ni soy un profesional en estas cosas, pero creo que esta teoría se podría aplicar en todos los juicios habidos y por haber. De todas formas haré la prueba cada vez que me acuerde, a ver si me he equivocado.


Con todas estas cosas quiero decir que debemos respetar a los demás, aunque sólo sea por comprender que también son personas, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y tienen tanta importancia como nosotros. Que un hecho sea condenable por todos los jurados del mundo y esté globalmente aceptado que está mal, no quiere decir que no tengamos que comprenderlo y comprender por qué se ha hecho. Todo tiene una razón y una justificación.
Por ello quiero resaltar la imagen de lo que podría ser la comprensible resignación que también podemos aceptar en el mundo capitalista, individualista y hostil al que decía en la primera parte de esta entrada que estamos condenados a enfrentarnos por la condición consumista y desacordada que hemos adquirido, no siendo por ello reprochable que nos resignemos a vivir nuestra vida del modo que nos sea posible en un mundo donde no tenemos tantas posibilidades como se nos hace pensar.


Un saludo a aquel ó aquella que haya disfrutado de las dos partes de "Todo el mundo" y, una vez más, gracias por leerme y por interesarte por las pajas mentales que acaparan mi cabeza.

viernes, 2 de julio de 2010

"Todo el mundo" (1ª parte)

Todo el mundo debería ser feliz. Todos deberíamos pasarnos el día cantando canciones alegres, expresando nuestra euforia. Todos deberíamos ayudar a los demás continuamente.
En la sociedad actual todo está pensado para que seamos felices. Todo está diseñado para complacernos, para acomodarnos, para hacernos vivir bien, al máximo, a todos. MENTIRA.
Ciencias aparentemente tan aburridas como la economía, la sociología, la psicología y la política son las únicas que nos pueden salvar del desagüe sin fondo que nos amenaza, o al menos nos pueden ayudar a comprender cómo colocarnos para que la caída sea lo menos dolorosa posible.
A veces resulta aburrido leer y escuchar a tantos catastrofistas hablando de que todo es un engaño, de que somos víctimas de la parte mala de nuestra propia conciencia y que estamos destinados a un final cruel por el que nadie va a derramar una lágrima. Puede ser. Puede ser molesto que cada vez se hable más de la desgracia que nos acecha a todos en los años del futuro de cada uno. Puede causar incomodidad el hecho de pensar que el misterioso y azaroso destino nos ha reservado a cada uno un final personalizado en el que cada cual será menos afortunado que el anterior en caer, porque todos "acabaremos pagando por nuestra culpa". ¿Qué culpa? Podemos ser culpables por dos cosas: Por causar el mal, por contribuir a esta desgracia común de la que voy a hablar, participar en el maléfico trazo de la mano que dibuja el futuro, ser parte de la trama... o culpables por no hacer nada. Esa puede ser una culpa mayor. Sí. No hacer nada. ¿Pero qué podemos hacer, si a escala individual somos completamente insignificantes? Y una mierda. Lo mínimo que podemos hacer a escala individual es darnos cuenta de lo que pasa. Indagar un poco, mostrar algo de curiosidad. Luchar contra nuestra pereza.
Ya no hablo de luchar contra la corriente -aunque hay quien lo consigue-. No hablo de intentar cambiar el mundo, ni si quiera de cambiar a los demás, ni de cambiarse a uno mismo. Simplemente hablo de que la mayor parte de la culpa no reside en aquellos que idearon el sistema de la ruina total, ni en los que por miedo decidieron contribuir a su construcción. Hablo de que la CULPA reside en todos aquellos -que son la mayoría- que nunca lucharon por descubrir de qué eran víctimas, quién decidía por ellos, para qué estaban ellos dondequiera que estuvieran, de qué formaban parte.
Tú mismo. ¿Te has parado a pensar de qué formas parte? A ver... formas parte de... una sociedad basada en el capitalismo compulsivo en el que cada persona sólo es capaz de luchar por sí misma, pensando en su propio beneficio, trabajando para su propio bolsillo, para lograr engrandecer sólo su propia imagen. ¿Qué cruel suena esto, verdad? ¿Cómo es posible que las personas sean tan insensibles, tan egoístas? Igual estoy generalizando demasiado, dramatizando.. pues no. Incluso estoy intentando contener la ira de mi certidumbre sobre lo que no sé si es un océano o un abismo. El hombre es cruel. Eso sí es generalizar.
El hombre se ha vuelto cruel a lo largo de la historia, pero todo empezó en un lejano momento. Así a rasgos generales, podemos entender que el hombre, que desciende de las ramas homínidas de los primates, empezó a desarrollar su cultura una vez que aplicó su inteligencia mental para almacenar sus logros y tener tiempo de investigar otros. Los humanos empezaron a construir armas para cazar, utensilios para sacar más partido a los alimentos, aprendieron a almacenar comida, a protegerse de los peligros de la naturaleza, a comunicarse... así poco a poco nació una población creada por grupos primitivos que se ponían de acuerdo para sobrevivir en comunidad. Poco a poco la reproducción se fue optimizando, la raza humana se expandió, empezó a evolucionar. Entonces el territorio se quedó pequeño. Las zonas fértiles y atractivas empezaron a ser disputadas y se nos ocurrió crear sistemas de organización más complejos para ser capaces de repartir los bienes existentes de forma justa y comprensible. El que tenga más fuerza se queda con lo que hay. Los grupos empezaron a armarse, a crear consecuencias ofensivas contra otros miembros de su misma raza y así empezó la propia competencia entre los hombres. Es difícil saber en qué momento el hombre adquirió conciencia de sí mismo. Posiblemente en el momento en que comenzó la escritura. A nivel de evolución, en todo el reino animal, el instinto se va cambiando por conciencia, proporcionalmente. Los insectos, desde que nacen, ya saben cuál es su trabajo y cómo lo tienen que hacer. Poco a poco, las especies se van sofisticando hasta llegar al hombre. El hombre es el último eslabón de la cadena evolutiva, y por tanto, es el mayor ejemplo de esta inversión del instinto. Los humanos somos los seres que más tardamos en ser físicamente independientes. Somos los que más tardamos en conseguir nuestro propio alimento, los que más dependemos de nuestra madre. Apenas sabemos respirar y tragar cuando a nuestras alturas, otros animales ya saben distinguir el peligro a distancia. Ahí está la razón de todo. En consecuencia, estamos completamente desprovistos de instintos. Es demostrable. Pero, como he dicho, ahí está la razón de todo. Psicológicamente somos unos dependientes. Desde que somos pequeños, al igual que el hombre en sus primeros siglos de historia, actuamos en función de los estímulos que nos llegan del exterior, ni si quiera tenemos conciencia de nosotros mismos. No hace ni tres mil años que el hombre aprendió a tomar conciencia de sí mismo. Poco a poco aprendimos a diferenciarnos de la naturaleza, a asumir que somos entes capaces de obrar, capaces de elegir entre las determinadas consecuencias de nuestros actos.

[Y por favor, lo digo desde ya, que no quiero ser ningún copiota. Esta entrada es total y literalmente mía, este texto ha sido enteramente redactado por mí, pero quiero remitir estas ideas sobre la libertad, la conciencia, la evolución psicológica del hombre en la historia y la sociedad al psicoanalista y escritor Erich Fromm y a su ensayo sobre El miedo a la Libertad del hombre a partir de los años cincuenta, cuando fue escrito su libro. Gracias de corazón y compréndase que esta es una aplicación a mi propia visión del mundo de las sabias palabras de este autor]

Y aquí está precisamente el cambio, la evolución, la diferencia. En esta reacción se resume todo. Cuando adquirimos conciencia de nosotros mismos, aún de manera primitiva, se despertó en nosotros algo muy básico, pero a la vez muy decisivo. Conceptos tan grandes como la libertad, la seguridad, el miedo, la tranquilidad... Resulta que nos dimos cuenta de que todos los hombres, todos los animales, todas las criaturas sobre la tierra, tienen que morir de la misma forma en que nacen. Nosotros no hemos elegido nacer, ni tampoco podemos elegir morir (o no morir). Si no nacemos no moriremos, pero si somos capaces de pensar todo esto, es que existimos, y por tanto, es que ya hemos nacido. Es por eso que todos caemos en la certeza de que vamos a morir. Antes o después, pero vamos a morir.
Algunas culturas inventaron una cosa muy guay llamada religión. Una idea que nos garantiza que no vamos a morir, o que al menos la muerte no supondrá el fin de nuestra conciencia, que es lo único que valoramos, porque es lo que somos. La religión es esa idea que nos dice que aunque nos llegue la muerte, aunque nuestro cuerpo se pare y se enfríe, nuestra mente/alma/conciencia seguirá activa. Esa mente, esa conciencia, que es lo que utilizamos para pensar, para juzgar, para discurrir. Es lo único que tenemos. La muerte nos daría el mismo miedo si nos dijeran que nuestro cuerpo va a sufrir un transplante de cerebro. Físicamente todo seguiría igual, pero nosotros, nuestra cabeza, nuestras ideas, nuestra conciencia, nuestro descubrimiento constante de presencia, nuestra capacidad de saber que estamos ahí, se irían a la mierda. Dejarían de existir. ¿De qué serviría conservar el cuerpo si las ideas y los sentimientos, que son lo único que tenemos y lo único por lo que luchamos, se van a ir al traste? Es eso, la mente, la cabeza. Tiene muchos nombres.
El caso es que el hombre se vio aterrado cuando recibió esa conciencia de sí mismo -autoconciencia-. Una conciencia cuya pérdida no podía asumir bajo ningún concepto. Así hemos vivido durante muchos años hasta el final del feudalismo. Durante esa época, los hombres todavía se concebían a sí mismos como componentes de una clase social a la que pertenecían por naturaleza y de la cual no se podían mover. Realizaban su trabajo, sus obligaciones, y morían en paz. Poco a poco, con la evolución del comercio, de la especialización... la competencia y el individualismo empezaron a cobrar importancia. Los gremios se disolvieron en grupos independientes de comerciantes que se hacían la competencia entre sí para ganar más dinero, porque el capital también empezaba a ser importante. Las relaciones desinteresadas de ayuda comunitaria de unos a otros se convirtieron en hostiles luchas por la popularidad y el éxito. Esto se sigue llevando en nuestros días.
Nacemos y somos "educados"; se nos introducen unos principios, unas normas, unas reglas, unas obligaciones... unas mentiras. Se nos hace creer que una determinada idea es LA idea general, la verdadera. Nos llevan a pensar que una determinada forma de pensar o de actuar es LA oficial, la única, la verdadera. Eso es algo muy positivo para la globalización, pero individualmente es una putada para todos. Aquí está el otro dilema. Pensar en uno o pensar en todos. Capitalismo o comunismo. Puede que no sea la mejor comparación, pero es real.
Cuando vamos por la calle y vemos que la mayoría de la gente lleva las mismas zapatillas, que todos se transportan con los mismos medios, que todos utilizan los mismos productos... ¿cómo sabemos que la globalización significa el alcance de los máximos niveles de evolución y comodidad, y que no es en realidad una consecuencia nefasta de la implantación de estereotipos, fruto de un sistema económico en el que la única religión es el máximo placer al precio más asequible? ¿Cómo sabemos que todos compramos el rojo porque a todos nos gusta el rojo, y no porque todos los que compramos de rojo tenemos el mismo poder adquisitivo, distinto al de los que compran de azul o de amarillo? ¿Cómo sabemos que nuestro aspecto exterior es reflejo de nuestra personalidad, y no al revés? No lo sabemos.

Por eso puedo resultar incómodo, y por eso puedo parecer catastrofista. Porque sigo siendo de los que piensan que los hombres ya no tenemos ni personalidad, ni principios, ni escrúpulos, ni si quiera conciencia. Sólo somos máquinas que producen y trabajan para conseguir un dinero con el que pueden adquirir unos productos y una apariencia que, en contraste con la de los demás, nos hará sentir mejores, no hacia nosotros mismos, sino hacia los otros. Todos los indicios apuntan a lo mismo.
Como indica Erich Fromm en su libro "El miedo a la libertad", y como afirman muchos pensadores famosos a lo largo de la historia, así como filósofos, políticos, sociólogos y pacifistas, y en conclusión, así como yo insinuaba en la entrada anterior: la seguridad es inversamente proporcional a la libertad. Y es por eso que nos hallamos tan atados en nuestro mundo de aparente felicidad, en nuestro mundo lleno de falsedad y de hipocresía.
La seguridad es inversamente proporcional a la libertad porque para ser libres necesitamos desatarnos de las cosas que precisamente nos aportan seguridad. Para poder elegir necesitamos arriesgarnos. Si no arriesgamos nada, no tendremos nada que elegir. Para ser libres necesitamos deshacernos de aquello que nos encadena y que no nos deja movernos; para ser libres necesitamos despedirnos de las cosas que nos mantienen atados a una situación determinada. Y exactamente al revés. Para estar seguros, necesitamos renunciar a nuestra ambición y a nuestra libertad.
Pero si ahora nos situamos en el tiempo, ¿qué seguridad nos puede quedar en un mundo en el que nos hemos deshecho de todo el amor con que nacimos? Psicológicamente hablando, ¿a qué seguridad o a qué tranquilidad podemos optar si el sistema económico en el que vivimos nos ha enseñado que estamos solos frente al mundo?
Ese era el primer dilema, la soledad. Ya se me había olvidado. Justo cuando escribía sobre el descubrimiento primario de los hombres sobre la muerte, lo tenía que haber nombrado. Pues bien, esta es una reacción psicológica que el hombre posee históricamente a raíz del instinto que tiene como objetivo único la supervivencia.
Cuando el hombre sabe que tiene que morir, no tiene nada que conservar. Por no tener, no tiene ni esperanza. Algo tendremos que necesitar para sentirnos tranquilos cuando estamos solos. Es precisamente eso: lo contrario a la soledad. Lo contrario a la soledad física, que en pequeños plazos de tiempo nos hace sentir desarraigados. Necesitamos compañía. Pero además, necesitamos lo contrario a la soledad moral. Sentir que nadie nos comprende, que no pertenecemos a nada, dudar de nuestras propias ideas, del trabajo que nosotros mismos hemos realizado. Esa es la soledad que más miedo nos da a las personas del mundo actual. Necesitamos amigos, amantes, familiares. Lo que sea para tener la sensación de que no estamos solos. Algunos siguen recurriendo a la religión. Piensan que Dios les arropará cuando vayan al cielo y perdonará todas sus faltas porque ellos no eran dueños de su libertad. Otros se arropan en pertenecer a un grupo de amigos o a una ideología determinada en la que son valorados (aquí se puede ver un perfecto ejemplo en el que se sacrifica la libertad para conseguir seguridad; cuando las personas pertenecemos a algo o a alguien, perdemos la libertad y nos sometemos a la manera de actuar y de pensar del grupo en el que estamos, y éste a cambio nos concede la sensación de que somos importantes en un mundo en el que nadie se va a preocupar por nosotros). Pensamos que comprando los productos de moda estamos más integrados en la sociedad, incluso aunque no haya nadie para ver lo chulos que somos. Nosotros mismos, delante del espejo, nos autoengañamos cuando hablamos bien de nosotros mismos. Las señoras mayores se autoengañan cuando piensan que parecen menos gordas si se compran una chaqueta de campana, y están convencidas de que consiguen engañar a los demás cuando lucen en público su nuevo complemento de moda. Lo mismo le sucede a un hombre cuando compra un coche o utiliza una nueva espuma de afeitar. Nos hemos vuelto dependientes de nuestro propio juicio, incluso antes que del de los demás. El autoengaño es más común que la hipocresía hacia los demás. Es alarmante. A veces incluso nos sometemos a nuestra propia privación de la libertad para conseguir un sentimiento de seguridad que creamos para nosotros mismos, entendiendo que estamos a salvo en una esfera de ceguera que nosotros mismos nos hemos construído, aunque no seamos conscientes de ello.
Después, para ocultar estos casos de autoengaño y esta sensación de crueldad de la humanidad en la que todos somos voraces depredadores que se matan por conseguir algo que alivie su sensación de soledad y de inseguridad, para ocultar una imagen de odio hacia nosotros mismos, hemos inventado el amor. El amor se produce, a mi entender, cuando apreciamos a una persona más que a nosotros mismos, aunque sólo sea en un aspecto determinado. Es admiración, es envidia constructiva. Amor hacia un carácter determinado que creemos que en una persona ajena se ha desarrollado mejor que en nosotros. Como consecuencia de ello, dicha persona nos atrae, porque tenemos la curiosidad de ampliar nuestro conocimiento sobre ese carácter que nos atrae.
Pero todo esto del amor y del odio, sólo son, en conjunto, excusas para conseguir a toda costa esos pequeños logros que juntos harán que nos sintamos bien con nosotros mismos, pensando que los demás nos aman, nos entienden, o nos ven bien, como pretendemos que hagan, pero es todo psicología. Un potente sistema que hemos ido construyendo poco a poco para pensar que no llegaremos solos a la muerte, para creer que nos hemos alejado de esa idea y que habrá alguien que llore cuando nosotros no estemos. Nos pasamos la vida luchando para que cuando nuestro fin llegue, haya al menos una persona que se vista de negro y que piense en nosotros cuando ya no estemos ahí delante para pronunciar una sola palabra. Algunos ocultan este deseo, se vuelven individualistas, dicen que no necesitan a nadie... pero te puedo asegurar, desde lo más sincero de mi experiencia y mi juicio, que hasta el más arisco y amargado de los hombres que existen sobre la tierra necesita ser amado, comprendido y estar convencido de esa idea, de que no está sólo.