Hoy decides que conservarás tu nuevo reto de acostarte pronto. Y el de hacer diez flexiones cuando te levantes por la mañana, otras diez al acostarte y diez cada vez que vayas al baño. Hoy decides ponerte a escuchar música de hace tiempo porque no sabes si pensar o no pensar en tu nueva compañera de al lado, que puede que no tenga nada de especial, pero es nueva y eso hace que te fijes en ella cuando nadie más lo hace, y casualmente has descubierto que sí, tiene algo de especial, precisamente porque sigues pensando en ella.
Hoy decides que te ha gustado eso de hacer lo que llamas "una vida más o menos correcta"; cumplir con tus obligaciones, estudiar más de la cuenta para competir en condiciones con los que sacan mejores notas, ir en serio a por tu carrera de ingeniería... porque has descubierto que cuando cumples a tiempo con tus obligaciones, sigues teniendo tiempo (incluso más) para divertirte y para hacer cosas que no sean obligaciones, como satisfacer a tus suscriptores de youtube y hacer cosas que te hayan pedido, como leer todos esos libros que hace tiempo que querías empezar a leer, como hacer algo más de deporte, como aprender recetas nuevas de cocina, como investigar la relación directa o indirecta entre los discursos de tu profesor de filosofía y su pasado, probablemente traumático y decisivo para su actual presente.
Hoy te has parado a pensar realmente en si merece la pena o no pasar tantas horas estudiando y discutiendo sobre ideologías, grupos, movimientos, historia, rumores, cambios, votos, partidos y todo aquello que tenga que ver con la política, porque te ha entrado en la cabeza la idea de que no puedes apuntarte a una ideología sin conocer la contraria, de que no puedes decir que algo sea bueno sin plantearte que lo contrario también puede ser bueno, de que todo es tan extremadamente relativo que ni tú ni nadie tiene el conocimiento suficiente como para ser digno de juzgar realmente cuál es la ideología correcta, ya que ese concepto de "correcta" depende completamente desde el interés con el que se mire; depende de si lo que se busca es el beneficio para la burocracia, para el sistema visto desde arriba, para el pueblo, para el país, para los ricos, para los pobres, para los listos, para los vagos, para los soñadores, para los que se estancan... o para todos. Te das cuenta de que, tenga quien tengan razón, eso nunca se va a saber del todo porque siempre, por muy absoluta que sea una mayoría democrática, siempre habrá otra mayoría (o minoría) con unas ideas opuestas que defender, con unos argumentos propios, igual que los tuyos, con unas ideas propias, tan respetables como las tuyas, y que todo el mundo debería escuchar, igual que las tuyas. Y parece una gilipollez, pero esto te ha relajado bastante en tu lucha interna de si eres o no una buena persona, concepto que venías cuantificando erróneamente en función de estas fruslerías políticas que nunca te llevarán a ningún lado si su defensa implica en algún caso el uso de la violencia o fomenta el odio entre cualquier par o grupo de personas, por grande o pequeño que sea, y has decidido, terminantemente, alejarte de una guerra que no es tuya (ni debería ser de nadie) y empezar a pensar en ti mismo en cooperación con los demás, siempre cooperación, siempre concordia, siempre ayuda mutua, siempre la comprensión por encima del rechazo; ya sea a nivel personal o profesional, a nivel amoroso o a nivel amistoso, o político... da igual. Simplemente has decidido que es conveniente conservar unos principios básicos de respeto y convivencia por encima de cualquier diferencia ideológica, étnica o simplemente de pensamiento; ya que el pensamiento que tienes no te pertenece a ti por completo, sino que ha sido modelado por una serie de factores que te han llevado a pensar de la manera en que piensas, y no de otra, debido a tus experiencias del pasado, a tu aprendizaje sobre esas experiencias y a tu nivel de reacción ante ese aprendizaje, cosa que habría sido distinta simplemente con que hubieran cambiado un par de esos de tus factores, como el lugar de nacimiento, el año, la gente que te ha rodeado, etc... y por eso no puedes asegurar que tu pensamiento sea propiedad exclusivamente tuya.
Volviendo a lo de antes, has vuelto a recuperar tus amores platónicos, la pasión por la lectura, has vuelto a descubrir esa magia de la navidad en las calles de Madrid que no podías ver cuando creías que eras demasiado mayor, has vuelto a recuperar la pasión por la pintura, por la vida, por aprovechar el tiempo, por demostrar las cosas de las que hablas... hasta que alguien te vuelva a desanimar.. aunque ese alguien sueles ser tú mismo.
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sábado, 18 de septiembre de 2010
miércoles, 11 de agosto de 2010
Suicidio social y otras causas
Según el Mito de la Caverna, tú y yo nos estamos adentrando en un suicidio sin retorno.
El cuento decía que unos hombres estaban encerrados en una caverna, de espaldas a la salida y con una hoguera detrás, de forma que podían ver la sombra borrosa de todo lo que sucedía tras ellos, pero no podían ver la realidad. De pronto, uno de los hombres quedó liberado de sus ataduras y pudo salir y explorar la realidad tal como era, inconcebible en la anterioridad. Pudo salir y ver la nitidez de los objetos, la luz del sol y el resto de los elementos de la naturaleza. Al final del relato Platón dice que, cuando el hombre quiso volver a la caverna para liberar a sus compañeros, estos se negaron, e incluso lo mataron porque pensaban que la luz del sol le había cegado y que todo lo que les decía era mentira, ya que ellos creían que el mundo era únicamente la pared y las sombras que ellos conocían.
Con esto se entiende algo que es aplicable al comportamiento humano ante la novedad. Cuando estamos acostumbrados a algo, a nuestra versión de algo, a ver las cosas de una manera determinada que nosotros consideramos correcta, nuestra primera reacción ante cualquier factor externo que intente hacernos cambiar de opinión va a ser la de rechazo. Nos sentará muy mal que alguien intente convencernos de que nuestro juicio y nuestra visión correcta del mundo no son correctas, convencernos de que estamos equivocados.
Y lo tengo demostrado.
Socialmente esa muerte de la caverna también existe. ¿Cuántas veces no te han mirado como un bicho raro porque estabas haciendo o diciendo algo diferente? ¿Cuántas veces alguien no te ha mirado con ganas de matarte sólo por manifestar unas ideas políticas diferentes a las suyas?
Todo el mundo actúa de una manera determinada, que es completamente respetable, porque eso es lo que se suele hacer. Si alguien ha dictado una idea o un pensamiento, ha difundido un rumor, etc; la gente, si suena convincente, lo aceptará, y no sabemos hasta qué punto. Hasta el punto de que, tengas o no tengas razón, si llegas tú con un cuento distinto e intentas convencer a todos de que estaban equivocados, te tacharán de mentiroso, de envidioso, de buscapleitos, de amargado. Ni si quiera escucharán tu versión, y si la escuchan y por casualidad atisban alguna probabilidad de que sea verdad, psicológicamente reaccionarán para no verse perdidos e intentar convencerse a sí mismos de que realmente sigues siendo tú el equivocado y no ellos, sólo por salvaguardar su imagen de confianza ante sí mismos.
Párome a pensarlo un momento, y antes o después estoy seguro de que encontraré varios ejemplos que confirmen este pensamiento. Puedo aplicarlo a enfrentamientos entre ideológías políticas, a situaciones que me hayan sucedido en las que mi verdad no valía una mierda para nadie, incluso a situaciones en las que yo tenga que asumir una equivocación.
Pero de todas las maneras, todo esto también es justificable en la comprensión de que todos necesitamos sentirnos aceptados, no sólo por los demás, sino por nosotros mismos. Necesitamos creer firmemente que nuestras decisiones son las correctas, porque es la única manera de reunir el valor necesario de utilizarlas de frente a los demás y defenderlas. Tenemos que asentar una mínima base que confirme que podemos creer en nosotros mismos, porque es el paso esencial para que los demás también puedan creer en nosotros. Claro que esto a veces es difícil distinguir si se trata de autoconfianza más que de logros de aceptación social.
Por eso siempre es bueno que, ante cualquier duda, tengamos en cuenta la teoría de la relatividad, y pensemos que cualguier otra idea o pensamiento diferentes, sean cuales sean, y tengan el nivel que tengan de contrariedad con nosotros, son siempre respetables; tanto como nosotros y nuestra visión del mundo.
Que el hombre liberado conociera la verdad no significa que los que estaban en la caverna no vieran algo respetable desde su punto de vista. Las sombras proyectadas por el fuego, aunque eran un falso reflejo de la realidad, estaban allí y servían de sustento para complacer la necesidad de autoaceptación de los hombres que las observaban. No obstante, era conveniente que vieran con sus propios ojos la verdadera realidad de los objetos nítidos y la luz del sol, pero también es verdad que su reacción de llegar a matar al que intentaba hacerles ver la verdad es completamente natural y ha llegado hasta nuestros días, ya que ahora seguimos juzgando y rechazando (o asesinando socialmente) cualquier novedad que elimine la confianza que tenemos en la elaboración de nuestras propias conclusiones.
Emitido por Alejandro Fernández el 11 de agosto de 2010
El cuento decía que unos hombres estaban encerrados en una caverna, de espaldas a la salida y con una hoguera detrás, de forma que podían ver la sombra borrosa de todo lo que sucedía tras ellos, pero no podían ver la realidad. De pronto, uno de los hombres quedó liberado de sus ataduras y pudo salir y explorar la realidad tal como era, inconcebible en la anterioridad. Pudo salir y ver la nitidez de los objetos, la luz del sol y el resto de los elementos de la naturaleza. Al final del relato Platón dice que, cuando el hombre quiso volver a la caverna para liberar a sus compañeros, estos se negaron, e incluso lo mataron porque pensaban que la luz del sol le había cegado y que todo lo que les decía era mentira, ya que ellos creían que el mundo era únicamente la pared y las sombras que ellos conocían.
Con esto se entiende algo que es aplicable al comportamiento humano ante la novedad. Cuando estamos acostumbrados a algo, a nuestra versión de algo, a ver las cosas de una manera determinada que nosotros consideramos correcta, nuestra primera reacción ante cualquier factor externo que intente hacernos cambiar de opinión va a ser la de rechazo. Nos sentará muy mal que alguien intente convencernos de que nuestro juicio y nuestra visión correcta del mundo no son correctas, convencernos de que estamos equivocados.
Y lo tengo demostrado.
Socialmente esa muerte de la caverna también existe. ¿Cuántas veces no te han mirado como un bicho raro porque estabas haciendo o diciendo algo diferente? ¿Cuántas veces alguien no te ha mirado con ganas de matarte sólo por manifestar unas ideas políticas diferentes a las suyas?
Todo el mundo actúa de una manera determinada, que es completamente respetable, porque eso es lo que se suele hacer. Si alguien ha dictado una idea o un pensamiento, ha difundido un rumor, etc; la gente, si suena convincente, lo aceptará, y no sabemos hasta qué punto. Hasta el punto de que, tengas o no tengas razón, si llegas tú con un cuento distinto e intentas convencer a todos de que estaban equivocados, te tacharán de mentiroso, de envidioso, de buscapleitos, de amargado. Ni si quiera escucharán tu versión, y si la escuchan y por casualidad atisban alguna probabilidad de que sea verdad, psicológicamente reaccionarán para no verse perdidos e intentar convencerse a sí mismos de que realmente sigues siendo tú el equivocado y no ellos, sólo por salvaguardar su imagen de confianza ante sí mismos.
Párome a pensarlo un momento, y antes o después estoy seguro de que encontraré varios ejemplos que confirmen este pensamiento. Puedo aplicarlo a enfrentamientos entre ideológías políticas, a situaciones que me hayan sucedido en las que mi verdad no valía una mierda para nadie, incluso a situaciones en las que yo tenga que asumir una equivocación.
Pero de todas las maneras, todo esto también es justificable en la comprensión de que todos necesitamos sentirnos aceptados, no sólo por los demás, sino por nosotros mismos. Necesitamos creer firmemente que nuestras decisiones son las correctas, porque es la única manera de reunir el valor necesario de utilizarlas de frente a los demás y defenderlas. Tenemos que asentar una mínima base que confirme que podemos creer en nosotros mismos, porque es el paso esencial para que los demás también puedan creer en nosotros. Claro que esto a veces es difícil distinguir si se trata de autoconfianza más que de logros de aceptación social.
Por eso siempre es bueno que, ante cualquier duda, tengamos en cuenta la teoría de la relatividad, y pensemos que cualguier otra idea o pensamiento diferentes, sean cuales sean, y tengan el nivel que tengan de contrariedad con nosotros, son siempre respetables; tanto como nosotros y nuestra visión del mundo.
Que el hombre liberado conociera la verdad no significa que los que estaban en la caverna no vieran algo respetable desde su punto de vista. Las sombras proyectadas por el fuego, aunque eran un falso reflejo de la realidad, estaban allí y servían de sustento para complacer la necesidad de autoaceptación de los hombres que las observaban. No obstante, era conveniente que vieran con sus propios ojos la verdadera realidad de los objetos nítidos y la luz del sol, pero también es verdad que su reacción de llegar a matar al que intentaba hacerles ver la verdad es completamente natural y ha llegado hasta nuestros días, ya que ahora seguimos juzgando y rechazando (o asesinando socialmente) cualquier novedad que elimine la confianza que tenemos en la elaboración de nuestras propias conclusiones.
Emitido por Alejandro Fernández el 11 de agosto de 2010
lunes, 2 de agosto de 2010
Todo reside en la relatividad.
Posibilidad es cuando contemplamos que algo pueda pasar.
Probabilidad es cuando creemos que algo va a pasar.
Certeza es cuando sabemos que algo va a pasar.
_________________________________________________
Cuando algo va a pasar, es porque hay altas probabilidades de que pase, y porque el hecho de que "pase" es posible. Cuando algo es probable que pase, no es seguro que vaya a pasar, pero la posibilidad existe. Cuando algo es simplemente posible, no significa que sea altamente probable, y mucho menos que vaya a pasar.
[aclaración previa: no he estudiado estadística]
En la parte objetiva siempre nos movemos bien; calculamos las probabilidades y la seguridad de que algo que es posible sea un hecho, estudiamos la certeza que podemos tener de que algo más o menos probable pueda suceder siendo posible desde que empezamos a contemplarlo. Podemos predecir; objetivamente podemos esperar que algo pase o no pase, o al menos conocer un margen de variables que nos dirá si estamos o no seguros, y en qué medida, de algún aspecto del futuro.
La pega es que todas estas observaciones que realizamos se vuelven más relativas cuanto más nos implican personalmente, cuanto más nos incumben, cuanto más lugar ocupan entre nuestros deseos, más distorsionada está la realidad que percibimos.
Esta es una de las aplicaciones psicológicas de la teoría de la relatividad, de Albert Einstein.
Decía que los datos obtenidos de cualquier observación no dependen sólo de lo que se observa, sino también del observador, y de una manera imponente. Un ejemplo sencillo a nivel físico sería, sin ir más lejos, la observación que podemos realizar en la carretera. Cuando vamos a cierta velocidad y nos encontramos con otro vehículo que tiene la misma velocidad que nostros, y además va en la misma dirección, podemos eliminar el resto de referencias móviles (en realidad son referencias que no se desplazan, es decir, la carretera, el cielo, el paisaje) y concluir sin ninguna duda que el otro vehículo, en lo que respecta a nosotros, está quieto, porque no observamos que realice ningún movimiento. En cambio, si lo observamos desde un lugar sin desplazamiento real, por ejemplo, parados en medio de la calzada, observaremos que el resto de elementos del paisaje están parados, y que lo que se mueve es el otro vehículo. Por tanto, no podemos defender que una teoría sea más válida que la otra. Si estamos en movimiento acorde con el otro vehículo, diremos que está parado, y si estamos en movimiento desacorde (por ejemplo parados), diremos que el otro vehículo se está moviendo; es por esto que la calidad conclusiva de cualquier observación depende enormemente del observador, que da una interpretación de lo observado adaptada a su punto de vista.
Pues bien, volviendo a la aplicación psicológica, puede que este sea el motivo por el cual no podemos culparnos a nosotros mismos ni culpar a los demás de la calidad de nuestra observación, sea mejor o peor, respecto a los sucesos que acaparan nuestra preocupación, porque precisamente esa observación está condicionada por el observador (nosotros), y su conclusión será incuestionable en cualquier caso, dado que ninguna conclusión es comparable a otra que se haya tomado en condiciones de observación diferentes, mas igualmente respetables.
En otras palabras, la posición que adoptemos ante un suceso depende enormemente de cómo nos vaya a afectar una situación en función de nuestro punto de observación, el cual depende de innumerables factores, entre los cuales se encuentran la identidad, la responsabilidad, la situación socioeconómica, etc.
Si un hombre muere, para su familia lo lógico es que sea una desgracia, un hecho negativo, algo malo; pero puede que para otras personas ese mismo hecho sea positivo. Puede que el hombre que ha muerto fuera un asesino en serie, o tuviera que ser indemnizado por una compañía de seguros, y su muerte, por tanto, supone un alivio para sus posibles víctimas o para la empresa que tenía que desembolsar una cantidad de dinero y ya no tiene que hacerlo. Ambas posturas (hecho negativo, hecho positivo) son respetables, comprensibles, lógicas y posibles, lo cual inhibe a todas las opiniones de ser mejores o peores respecto a las otras, por lo que los familiares del hombre que ha muerto no tienen por qué estar de acuerdo con sus acciones sólo por el hecho de llorar su muerte, y por lo que las víctimas y la empresa que se alegran de la muerte no son por ello más inmorales o responsables del fallecimiento.
Esto, mezclado con los deseos y las ilusiones, nos devuelve al punto anterior, el de la probabilidad y la posibilidad, y lo mezcla con la relatividad. Cuando deseamos algo intensamente, aún sabiendo que nuestra predicción estaba previamente condicionada por ese deseo, tendemos a pensar que es muy probable que suceda. Cuando deseamos algo creemos que nos lo merecemos y nos alimentamos con la ilusión, incluso la certeza, de que ese deseo se va a cumplir, y somos al mismo tiempo más infelices cuanto más descubrimos que la probabilidad de que se cumplan nuestros deseos no va a variar por el hecho de pretender que así sea.
Un ejemplo brillante es comprar billetes de lotería. Cuando compramos una participación en uno de esos sorteos en los que se juegan altas cantidades de dinero, sabemos casi con seguridad de que no nos va a tocar el premio; estamos casi seguros de que nuestro número no va a ser el premiado, pero la ilusión de que nos toque y el deseo de obtener el premio por lo que cuesta la participación nos hacen cambiar esa percepción de la realidad, haciéndonos creer que realmente tenemos oportunidades de ganar. Pero precisamente en eso reside la belleza de la teoría de la relatividad, que hace respetables todas las percepciones que se den a una misma realidad y hace incuestionables todas las posturas que se tomen al respecto. La probabilidad de que nos toque el premio es baja, pero la posibilidad existe. Lo hemos comprado porque es posible. Poco probable, pero posible.
Nadie nos ha asegurado que NO nos vaya a tocar, y con esa ilusión juegan las empresas de apuestas.
Es realmente bello este concepto, que se puede aplicar con cualquier comparación, respaldado por el fundamento de la teoría de la relatividad.
Si es posible, es que al menos hay una probabilidad. No sabemos entre cuántas variables, pero hay una. Si no la hubiera, sería imposible. Nadie nos ha asegurado que el hecho se vaya a dar (si nos lo asegurasen, dejaríamos de calcular las probabilidades, porque el hecho se daría sí o sí, y sería un valor seguro, algo certero); nadie nos ha asegurado que vaya a pasar, pero tampoco nos han asegurado que no vaya a pasar.
¿Quién nos asegura que somos nosotros los que vamos contra la corriente, y no es la corriente la que va contra nosotros?
...y aquí una frase que me impresiona cada vez que la pienso, y creo que merece ser idolatrada solo por su belleza, además de por su profundo significado filosófico a partir de esto que he contado sobre la relatividad. Una perla de la física cuántica:
¿Está la luna ahí si no la miramos?
^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^^
[Gracias por leer esta entrada y espero que os haga reflexionar sobre la importancia de considerar que todas las opiniones son respetables, porque proceden de condiciones de observación diferentes].
Entrada escrita por Alejandro Fernández López, 2 de agosto de 2010
Reservados todos los derechos (myfreecopyright.org)*
Probabilidad es cuando creemos que algo va a pasar.
Certeza es cuando sabemos que algo va a pasar.
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Cuando algo va a pasar, es porque hay altas probabilidades de que pase, y porque el hecho de que "pase" es posible. Cuando algo es probable que pase, no es seguro que vaya a pasar, pero la posibilidad existe. Cuando algo es simplemente posible, no significa que sea altamente probable, y mucho menos que vaya a pasar.
[aclaración previa: no he estudiado estadística]
En la parte objetiva siempre nos movemos bien; calculamos las probabilidades y la seguridad de que algo que es posible sea un hecho, estudiamos la certeza que podemos tener de que algo más o menos probable pueda suceder siendo posible desde que empezamos a contemplarlo. Podemos predecir; objetivamente podemos esperar que algo pase o no pase, o al menos conocer un margen de variables que nos dirá si estamos o no seguros, y en qué medida, de algún aspecto del futuro.
La pega es que todas estas observaciones que realizamos se vuelven más relativas cuanto más nos implican personalmente, cuanto más nos incumben, cuanto más lugar ocupan entre nuestros deseos, más distorsionada está la realidad que percibimos.
Esta es una de las aplicaciones psicológicas de la teoría de la relatividad, de Albert Einstein.
Decía que los datos obtenidos de cualquier observación no dependen sólo de lo que se observa, sino también del observador, y de una manera imponente. Un ejemplo sencillo a nivel físico sería, sin ir más lejos, la observación que podemos realizar en la carretera. Cuando vamos a cierta velocidad y nos encontramos con otro vehículo que tiene la misma velocidad que nostros, y además va en la misma dirección, podemos eliminar el resto de referencias móviles (en realidad son referencias que no se desplazan, es decir, la carretera, el cielo, el paisaje) y concluir sin ninguna duda que el otro vehículo, en lo que respecta a nosotros, está quieto, porque no observamos que realice ningún movimiento. En cambio, si lo observamos desde un lugar sin desplazamiento real, por ejemplo, parados en medio de la calzada, observaremos que el resto de elementos del paisaje están parados, y que lo que se mueve es el otro vehículo. Por tanto, no podemos defender que una teoría sea más válida que la otra. Si estamos en movimiento acorde con el otro vehículo, diremos que está parado, y si estamos en movimiento desacorde (por ejemplo parados), diremos que el otro vehículo se está moviendo; es por esto que la calidad conclusiva de cualquier observación depende enormemente del observador, que da una interpretación de lo observado adaptada a su punto de vista.
Pues bien, volviendo a la aplicación psicológica, puede que este sea el motivo por el cual no podemos culparnos a nosotros mismos ni culpar a los demás de la calidad de nuestra observación, sea mejor o peor, respecto a los sucesos que acaparan nuestra preocupación, porque precisamente esa observación está condicionada por el observador (nosotros), y su conclusión será incuestionable en cualquier caso, dado que ninguna conclusión es comparable a otra que se haya tomado en condiciones de observación diferentes, mas igualmente respetables.
En otras palabras, la posición que adoptemos ante un suceso depende enormemente de cómo nos vaya a afectar una situación en función de nuestro punto de observación, el cual depende de innumerables factores, entre los cuales se encuentran la identidad, la responsabilidad, la situación socioeconómica, etc.
Si un hombre muere, para su familia lo lógico es que sea una desgracia, un hecho negativo, algo malo; pero puede que para otras personas ese mismo hecho sea positivo. Puede que el hombre que ha muerto fuera un asesino en serie, o tuviera que ser indemnizado por una compañía de seguros, y su muerte, por tanto, supone un alivio para sus posibles víctimas o para la empresa que tenía que desembolsar una cantidad de dinero y ya no tiene que hacerlo. Ambas posturas (hecho negativo, hecho positivo) son respetables, comprensibles, lógicas y posibles, lo cual inhibe a todas las opiniones de ser mejores o peores respecto a las otras, por lo que los familiares del hombre que ha muerto no tienen por qué estar de acuerdo con sus acciones sólo por el hecho de llorar su muerte, y por lo que las víctimas y la empresa que se alegran de la muerte no son por ello más inmorales o responsables del fallecimiento.
Esto, mezclado con los deseos y las ilusiones, nos devuelve al punto anterior, el de la probabilidad y la posibilidad, y lo mezcla con la relatividad. Cuando deseamos algo intensamente, aún sabiendo que nuestra predicción estaba previamente condicionada por ese deseo, tendemos a pensar que es muy probable que suceda. Cuando deseamos algo creemos que nos lo merecemos y nos alimentamos con la ilusión, incluso la certeza, de que ese deseo se va a cumplir, y somos al mismo tiempo más infelices cuanto más descubrimos que la probabilidad de que se cumplan nuestros deseos no va a variar por el hecho de pretender que así sea.
Un ejemplo brillante es comprar billetes de lotería. Cuando compramos una participación en uno de esos sorteos en los que se juegan altas cantidades de dinero, sabemos casi con seguridad de que no nos va a tocar el premio; estamos casi seguros de que nuestro número no va a ser el premiado, pero la ilusión de que nos toque y el deseo de obtener el premio por lo que cuesta la participación nos hacen cambiar esa percepción de la realidad, haciéndonos creer que realmente tenemos oportunidades de ganar. Pero precisamente en eso reside la belleza de la teoría de la relatividad, que hace respetables todas las percepciones que se den a una misma realidad y hace incuestionables todas las posturas que se tomen al respecto. La probabilidad de que nos toque el premio es baja, pero la posibilidad existe. Lo hemos comprado porque es posible. Poco probable, pero posible.
Nadie nos ha asegurado que NO nos vaya a tocar, y con esa ilusión juegan las empresas de apuestas.
Es realmente bello este concepto, que se puede aplicar con cualquier comparación, respaldado por el fundamento de la teoría de la relatividad.
Si es posible, es que al menos hay una probabilidad. No sabemos entre cuántas variables, pero hay una. Si no la hubiera, sería imposible. Nadie nos ha asegurado que el hecho se vaya a dar (si nos lo asegurasen, dejaríamos de calcular las probabilidades, porque el hecho se daría sí o sí, y sería un valor seguro, algo certero); nadie nos ha asegurado que vaya a pasar, pero tampoco nos han asegurado que no vaya a pasar.
¿Quién nos asegura que somos nosotros los que vamos contra la corriente, y no es la corriente la que va contra nosotros?
...y aquí una frase que me impresiona cada vez que la pienso, y creo que merece ser idolatrada solo por su belleza, además de por su profundo significado filosófico a partir de esto que he contado sobre la relatividad. Una perla de la física cuántica:
¿Está la luna ahí si no la miramos?
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[Gracias por leer esta entrada y espero que os haga reflexionar sobre la importancia de considerar que todas las opiniones son respetables, porque proceden de condiciones de observación diferentes].
Entrada escrita por Alejandro Fernández López, 2 de agosto de 2010
Reservados todos los derechos (myfreecopyright.org)*
viernes, 9 de julio de 2010
"Todo el mundo" (2ª parte)
"...todos los hombres necesitan ser comprendidos, amados y pensar que no están solos en el mundo".
Realmente es algo muy bonito de decir. Es muy agradable escribir que estamos equivocados cuando el argumento que se utiliza es el del amor, la convivencia, la comprensión y la psicología individual de cada persona. La libertad y la seguridad que son inversamente proporcionales, el amor y el odio, que son diferentes colores del mismo sentimiento manifestado hacia los demás desde uno mismo; el azul que, si no tuviera un amarillo con el que contrastar o un violeta con el que emparejarse, no podría definirse como azul.
Esto último de los colores es una simple y burda metáfora que se me acaba de ocurrir, pero ahora mismo estoy descubriendo cuanta importancia tiene su comparación. Me explico.
Aplicado a rasgos genéricos, este concepto se puede definir paralelamente cambiando de objetos, es decir: "Si no tuviéramos alguien a quien odiar o un amigo con el que corroborar nuestras ideas, no podríamos definirnos como únicos"; no podríamos nombrar nuestra identidad como nuestra, nuestras características no serían nuestras, y nosotros no seríamos dueños de nuestra propia identidad, incluso seríamos responsables de nuestros actos.
Sí, he dicho bien. Si no tuviéramos identidad, seríamos responsables de nuestros actos. Por eso confirmo que en un mundo y una sociedad como esta a la que pertenecemos, en esta situación en la que nos encontramos, es gracias a nuestras diferencias y similitudes que tenemos una identidad y, por consiguiente, NO somos dueños de nuestras decisiones, no somos responsables de nuestros actos ni de nuestros sentimientos.
¿Por qué?
Claro que a todo esto me refiero éticamente hablando. Quiero decir que no somos dueños de nuestras decisiones precisamente porque tenemos una identidad que defender y que definir. Para seguir siendo nosotros, tenemos que conservar y actualizar nuestra apariencia (con nuestro físico y con nuestras acciones) para que los demás, cada vez que la vean, sigan sin tener una duda de que seguimos siendo nosotros. Tenemos que labrar una ideología, unas costumbres, unos gustos, unas reacciones que se van haciendo típicas de nuestra personalidad, en cuya consecuencia los demás, en función también de su personalidad y de su fenotipo adquirido, verán si son compatibles o no con nosotros.
Si no es éticamente hablando, es decir, de manera real y objetiva, aunque nuestros actos y nuestras decisiones estén completamente guiados por lo que nosotros mismos hemos definido en un patrón personal de diferenciación y razón autodirigida, la realidad es la que es y tenemos que ser capaces de analizarla de la manera que más se acerque al "punto de vista medio de cada persona", es decir, la medida exacta que garantice que ante un juicio emitido de forma general, estarán de acuerdo una cantidad de personas mayor que en caso de que dicho juicio fuera otro. Por eso hemos inventado la justicia, las leyes, los derechos, las obligaciones, y todas esas normas burocráticas que encauzan los límites de nuestro comportamiento en sociedad.
Para explicar todo esto, pondré el primer ejemplo que se me ha venido a la mente, aunque no sea muy agradable de recordar (trata de una entrada anterior de mi blog, acerca del 11-M):
Los hechos reales son que unos terroristas han puesto unos explosivos en un medio de transporte público, y en consecuencia, han muerto cientos de personas. Ese es el hecho físico, es decir, algo innegable y demostrable por todos los medios. Ahora, vamos a ver las distintas caras subjetivas de esa moneda real.
Desde el punto de vista de las víctimas, o personas relacionadas, el hecho en sí será condenable, porque las personas que han muerto han perdido su vida de forma injusta, han sido asesinadas.
Desde el punto de vista de alguien ajeno, lo más frecuente será también condenar el suceso y a sus autores, dado que por naturaleza tendemos a ponernos del lado de las víctimas, y nos resulta injusto lo que han sufrido, ya que podíamos haber sido nosotros, porque pertenecemos al mismo sector de la población (el sector civil).
Pero, ¿y qué pasa con los autores? Claro que un atentado terrorista nunca es justificable, pero si nos paramos a pensar en los autores, desde su punto de vista, lo que han hecho ha estado bien. Para eso existe también una cosa llamada educación. Los autores tienen unos principios, un sistema y unas ideas que, para conseguir unos objetivos, les han llevado a actuar de una manera que ellos consideraban efectiva, ética y poco reprochable.
Por eso hablaba yo de la igualdad de todos los hombres en caracteres psicológicos. Ninguna persona actuará nunca en contra de sus propios principios. Si los terroristas no consideraran ética y "buena" su forma de actuar, no serían terroristas. A ellos también hay que comprenderlos (no perdonarlos, sino comprenderlos).
Pero la realidad sólo es una, y como comprobante de mi teoría, se aplican las medidas con las que la mayoría de las demás personas estarán de acuerdo. Decía yo en mi entrada "debemos estar única y exclusivamente del lado de las víctimas", y es verdad. Debemos reducirnos a los hechos físicos y demostrables, y olvidarnos de nuestras otras diferencias, como las ideologías.
Por eso, cuando se intenta hacer lo correcto, se tiende a generalizar y a maximizar. Me explico.
Aunque sea cierta la frase "no siempre lo que dice la mayoría es lo correcto", sí es verdad que a la hora de juzgar un hecho, si interpretamos que ese hecho está sucediendo en todos lados, podremos emitir un juicio justo y apropiado.
Al morir cientos de personas en un atentado terrorista, si interpretamos que TODAS las personas del mundo pueden morir en un atentado terrorista, consideramos que ésa es una muerte injusta, y por tanto, incorrecta, lo que nos permite concebir como negativos los atentados terroristas. Cuando una persona está hablando en un sitio público donde hay más personas, es posible que haya al menos una persona que se sienta molesta al oír a la que habla. Por tanto, si interpretamos que hablan todas las personas, podríamos llegar a la conclusión estadística de que todas las personas se sentirían molestas, determinando así que el hecho de hablar en un lugar público es un gesto de mala educación.
Si entendemos que cuando una persona se cepilla los dientes tendrá la boca más limpia, evitará enfermedades e infecciones y resultará más agradable a la hora de relacionarse presencialmente con otras personas, podremos generalizar que todas las personas se cepillan los dientes para entender que el hecho de cepillarse los dientes con cierta regularidad es bueno para la mayoría de las personas.
Así podría seguir con un montón de ejemplos. Claro está que no tengo estudios al respecto ni soy un profesional en estas cosas, pero creo que esta teoría se podría aplicar en todos los juicios habidos y por haber. De todas formas haré la prueba cada vez que me acuerde, a ver si me he equivocado.
Con todas estas cosas quiero decir que debemos respetar a los demás, aunque sólo sea por comprender que también son personas, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y tienen tanta importancia como nosotros. Que un hecho sea condenable por todos los jurados del mundo y esté globalmente aceptado que está mal, no quiere decir que no tengamos que comprenderlo y comprender por qué se ha hecho. Todo tiene una razón y una justificación.
Por ello quiero resaltar la imagen de lo que podría ser la comprensible resignación que también podemos aceptar en el mundo capitalista, individualista y hostil al que decía en la primera parte de esta entrada que estamos condenados a enfrentarnos por la condición consumista y desacordada que hemos adquirido, no siendo por ello reprochable que nos resignemos a vivir nuestra vida del modo que nos sea posible en un mundo donde no tenemos tantas posibilidades como se nos hace pensar.
Un saludo a aquel ó aquella que haya disfrutado de las dos partes de "Todo el mundo" y, una vez más, gracias por leerme y por interesarte por las pajas mentales que acaparan mi cabeza.
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