Cuánto tiempo sin escribir... ahora que lo pienso, exactamente por estas fechas hace justo un año que publiqué mi primera entrada en este blog. Tenía otro nombre: "Just looking for the truth"; recuerdo que dos o tres meses después cambié el nombre y el dominio a "En contra de los tiempos", y hasta ahora.
¿Y qué es lo mejor que tengo que decir después de un año? Fumar no mola. Qué quedó de ese propósito de año nuevo, "I won't start smoking"... todavía no es tarde.
Haciendo memoria, recuerdo que empecé a escribir este blog por diversión, por compartir en la intimidad lo que a nadie me atrevía a decir directamente, pero sí dejando que otros me leyeran. Me puse a seguir unos cuantos blogs; yo empecé con tres seguidores, y ahora quince, no está mal. A mí me vale. Después esto de escribir se convirtió en una especie de necesidad, un vicio, una vía de escape para quien quisiera leer mis aburridas líneas, y para mi sorpresa, había quien disfrutaba leyendo mis pajas mentales y demás memeces. Allá atrás quedan aquellas pequeñas "reflexiones" sobre la libertad, la verdad, la tristeza, la soledad... andaba rodeado de amigos, de follones, de quedadas, de fotos, de malos rollos, de esperanzas... Terminando un bonito curso, 4º de la ESO, que aunque acabó de forma un poco atropellada y con ciertos rincones de sombra, siempre recordaré como un curso memorable por todo lo bueno que me dio en ciertos sentidos, sobre todo por ese famoso viaje, "Salou 2010", que dentro de no mucho describiré en una entrada en plan nostálgico, por si a alguien le trae recuerdos. Empezaron los ensayos con un grupo que se desmoronó igual que se había formado: lentamente. Empezaron las injusticias escolares de la misma forma en que se esfumaron: lentamente. Empezaron los días de soledad de la misma forma en que debían empezar, lentamente... pero no como acabaron. Acabaron de sopetón, de la noche a la mañana, en cuestión de unos días, allá por octubre-noviembre del pasado año :)
Un verano sin ninguna expectativa, sin prisas, sin ganas de ver casi a nadie, sólo de tocar mi guitarra en la intimidad, ganas de escapar de todo, de que algo cambiara... y cambió. Ya lo creo que cambió.
Pero aun así, aunque el curso se vio sombreado en esos ciertos sentidos, también tuvo puntos de luz. Uno de ellos, quizá no el principal, pero sí el más importante, fue esa complicidad en la que anduvimos un par de amigos y yo, una señora llamada Blanca y yo, un señorito llamado Jota y yo, otro señorito llamado Pablo y yo, y los odios transitorios a ciertas personas descritas en cierta entrada escrita en cierto momento en que me harté de todo, justo antes de que nos dieran las notas finales y nos mandaran a nuestra casa. No recuerdo haber tenido vacaciones más deseadas que las del curso pasado; aquella semana a mis anchas por el paseo marítimo, disfrutando del pescaíto malagueño y la cultura hotelera (cama-tumbona, tumbona-comedor, comedor-playa, playa-cama...); después unas semanas de tranquilidad absoluta en mi soledad por Madrid y después, y para rematar y estropearlo todo, cierto período amargo en tierras del Este que parecía no acabar nunca. Sólo entonces cambiaron de verdad las cosas. A partir de ese momento, con el inicio del nuevo curso, con los compañeros de siempre y los nuevos (ahora siguen siendo los de siempre, no hay sitio para los nuevos, no esta vez), con las innovaciones en las asignaturas, con los recuerdos y las fotos de todo un año memorable por los brillos en medio de la noche, con esa esperanza que nunca se apagó y que al final encontró su recompensa, esa esperanza alargada en el tiempo que me hizo convertirme en quien no era... y por extraño que parezca, el fin de esa esperanza amarga me devolvió a lo que yo siempre fui y he querido seguir siendo, esa persona que siempre tiene algún motivo para sonreír y a la vez otro para estar serio, sin nada que me hiciera llorar. Y gracias a eso nuevo que llegó, puedo presumir de no haber cambiado lo que fui desde siempre. Aunque esa persona que llegó a mi vida haya supuesto algo completamente nuevo y que, se supone que debería haberme cambiado radicalmente, sólo lo ha hecho en parte. ¿En qué parte? En la de devolverme la felicidad y la esperanza de pensar que todo merece la pena, pase lo que pase. Pero en lo demás no me cambió, y nada podría hacerlo. Me siguen haciendo gracia la misma clase de chistes, me siguen deprimiendo los mismos temas, me siguen gustando las películas de vaqueros y de la Segunda Guerra Mundial, me siguen calentando las mismas injusticias, sigo defendiendo lo que antes defendía, sigo siendo fan número uno de Amaral, sigo teniendo curiosidad por otros ciertos temas, sigo siendo adicto al telediario de las 3, sigo pensando en mis lecturas nocturnas... así que no te preocupes, pequeña, que tu 'Alees' no ha cambiado ni lo va a hacer...
Cuando una persona te dice que no cambies (y ese fue en primer lugar mi tío Fernando) es porque hay algo en ti que realmente tiene un valor que no debe marcharse; es porque hay algo en ti que te hace diferente del resto, algo que esa persona admira en ti... y cuando te lo dice una segunda persona, ya no puedes dudarlo ni un instante. Solución: no cambies. Dificultad: no importa la dificultad. Por tanto, es pan comido, y más cuando hay alguien que me importa... y no sólo eso. También por mi mismo; creo que yo también he aprendido a valorar lo que no quiero ni quieren que deje de ser. Y así se mantendrá. Sigo utilizando el mismo perfume.
Pero regresando al tema, y dando por concluida la entrada, que no quiero que esto se convierta en otro "repaso" del 2010, simplemente decir eso; que este blog cumple un año y estoy orgulloso de haberlo creado y del progreso que ha seguido.
A los lectores y seguidores, espero que hasta ahora hayáis disfrutado con mis entradas y mis descarrilamientos en esto de la "teenage", que me sigue quedando pequeña, pero me encanta escribirla.
A esa persona por la cual empecé a escribir todo esto, gracias por ayudarme a creer que es posible hacer algo especial a largo plazo. Ahora lo he comprobado, y no sólo me refiero al blog. Gracias :)
A mon père, después de meterte tanto entre mis líneas, supongo que seguiré haciéndolo, aunque no con tanta frecuencia, pero seguirás dando la lata en los títulos de algunas de mis locuras, sean cuales sean. Yo también te pedí que no cambiaras.
A mis compis y antiguos amigos que siempre me reservaron un sitio en su corazón, desde aquí, y sé que lo van a leer, gracias por quitar parte de toda esa amargura; vosotros también tendréis siempre un sitio en mi pequeño corazón.
A mi chica, que empezó a formar parte de todo esto sin apenas darnos cuenta, y que ha cambiado radicalmente ciertos aspectos de mi vida, también gracias; no por algo en concreto, sino por TODO al mismo tiempo; por hacerme feliz, por enseñarme que esas historias de amor de las películas no son ciencia ficción, por salvarme del abismo que me esperaba a la vuelta de los meses... todavía hay muchas canciones que te tengo que dedicar :)
Este tren sigue adelante y por el momento no va a parar; que se suba quien pueda o quien sepa; de momento, los que están a bordo no se van a ir. Ale, un año ya!
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta felicidad. Mostrar todas las entradas
sábado, 12 de marzo de 2011
miércoles, 28 de julio de 2010
¿Y qué ha sido de eso que llaman amor?
Los hombres vivimos en sociedad y necesitamos sentirnos aceptados.
Una de las formas más bellas de esta aceptación que damos o necesitamos recibir es el amor, muchas veces confundido y/o relacionado con la atracción sexual, la concordancia de ideas sobre algunos conceptos o la compañía.
Muchas personas han escrito sobre este tema, dándole diversos nombres, describiéndolo de innumerables formas, dando chorrocientos consejos sobre cómo optimizarlo, etc.; pero la verdad es que nadie, tras años de investigación y horas empleadas en su pensamiento, nadie y absolutamente nadie ha descubierto por completo la ciencia del amor. Podemos defender que es la consecuencia de reacciones químicas relacionadas en la sinapsis del cerebro y el resto de los sistemas nerviosos de las personas, podemos pensar que el amor se basa en reacciones psicológicas entre las personas dependiendo de sus necesidades y de sus objetivos. Podemos incluso creernos unos expertos del amor en nuestra propia persona... pero no lo somos.
Ni el más experimentado de los hombres dará la misma descripción del amor que otro. Nadie, por mucho conocimiento que tenga sobre las relaciones amorosas podrá explicar de forma imparcial cómo es esto.
¿Por qué? Pues porque el amor es algo que cada persona sufre, vive, conoce de una manera, con una experiencia propia y un juicio propio. No es una ciencia exacta, ni demostrable, ni empírica.
Por eso no tengo nada que decir si pretendo ser objetivo o demostrar algún hipotético descubrimiento, ya que éste sería siempre algo personal para mí, igual que lo es para cada uno, y por eso lo único que me queda es describirlo de la forma que a mí me parezca apropiada, resaltando la belleza de cada cosa que me puede haber pasado, sin intentar convencer a nadie de que el amor es de una manera determinada, porque eso del amor y de la atracción es siempre diferente y depende de tantos factores que no lo podemos controlar. Depende de muchas personas, no sólo una; depende de muchas situaciones sociales y económicas, y no sólo una; depende de muchas experiencias personales durante muchos años, y no sólo de una, durante un año; depende de muchos intereses vitales y naturales, tanto biológicos como sintéticos, y no solo de uno; depende de muchas localizaciones geográficas, sentimentales y temporales, y no sólo de una; depende de muchas personalidades y preferencias, y no sólo de una. Por esto y por otro montón de razones, la única palabra con la que se puede definir la magnitud y la probabilidad del amor es "de variables indefinidas"
A veces es algo incierto, no sabes si es real o sólo un producto de tu imaginación; no sabes si eso te hace sentir bien o te hace sentir mal, o ambas cosas al mismo tiempo. No sabes si el amor que puede que sientas hacia una persona es correspondido, o quizá si lo sabes, y eso resulta aún peor. Puede que intuyas, o que conozcas, el amor que una persona tiene hacia ti, pero ni si quiera tú podrías determinar si lo correspondes.
No somos dueños ni conocedores a veces de nuestros propios sentimientos, imagínome de los sentimientos de los demás.
Un encuentro o situación amorosos se pueden dar en cualquier lugar, en cualquier momento, durante un período de tiempo de cualquier longitud...
A veces te encuentras a una chica dolorosamente guapa en un centro comercial, de compras, te quedas mirándola y al cabo de un rato piensas que ni si quiera se ha percatado de tu presencia, pero entonces te sientes afortunado porque has sido testigo de que ese tipo de chicas existen de verdad, y al mismo tiempo te sientes desgraciado porque, aunque esa chica haya desaparecido para siempre de tu vida, seguirá formando parte de tus ilusiones hasta que se te acabe la memoria. Puedes tener un encuentro fortuito con una mujer que está llorando en un lugar público, pero no te atreves a ofrecerle tu ayuda, porque intuyes que no la aceptará, o no será como tú esperas que sea la conversación que te estás imaginando en un instante, es decir, como en las películas. Un encuentro fortuito con esa mujer con la que estarías dispuesto a pasar el resto de tu vida sin importar las consecuencias. No la conoces de nada, no sabes su nombre, no conoces su pasado, pero sabes que lo harías. Desconoces la razón por la que está llorando, y eso te hace sentir más culpable, aunque imaginas algunos porqués en función del tipo de persona que te inspire ser. Puede que la hayan echado del trabajo, que su padre la haya gritado, que la hayan atracado, que haya recibido una llamada del hospital... pero el caso es que la ves ahí, llorando desconsolada pero discretamente, mirando al suelo, pensando que nadie la está mirando, intentando que nadie se percate de su anodina desgracia, y entonces tienes que tomar una decisión. O te quedas con ella e intentas no parecer una amenaza, o te vas para dejar de tener que soportar la incomodidad de observar algo que tus principios no te permiten ver sin hacer nada. Entonces es cuando pones a prueba tu cobardía.
A veces el amor que sientes es un caso de admiración. Hay una persona a la que amas, aunque no te acostarías con ella. Simplemente te gustaría ser esa persona por un instante. Puede que hasta sea de tu mismo sexo y te de envidia. A veces las personas del mismo sexo se manifiestan su admiración de forma física, pero yo ahí no me meto. Puede que esa persona nunca lo sepa. De hecho nunca lo sabrá.
Otras veces te pones a pensar y te das cuenta de que amas a alguien que siempre ha estado ahí y que hasta el momento ha pasado desapercibida, pero te pones a pensar en ella, y te preguntas por qué en este preciso instante tienes que caer en las mismas redes.
Seguro que otras veces eres testigo de que alguien te ama, pero no te lo quiere hacer saber de forma activa. Se comporta de una manera delatora, tú lo sabes y te sientes responsable de no corresponder un amor que crees recibir de forma injusta.
En ocasiones, sacrificamos una buena parte de nosotros cuando pretendemos conseguir algo, no sólo en el amor, pero de eso va al entrada. Alguien nos ha dado indicios, ya sean verdaderos o falsos, de que tenemos oportunidades, y nosotros nos lanzamos de cabeza a por esas oportunidades. A veces lo conseguimos, a veces no. Depende de muchas cosas, ya lo he dicho antes.
Después te empiezas a acordar de un antiguo amor que tuviste y que se apagó, pero que en tu interior, en tu recuerdo, en tu esperanza, sigue vivo, latente, esperando a que hagas algo con él. Lo dejas morir hasta que crees que el olvido lo ha borrado de tu baúl de los recuerdos, pero sigues dolido porque sabes que siempre habrá algo que te recuerde tu pérdida emocional en el caso. Siempre llegará un momento, antes o después, en el que querrás volver al pasado y volver a tener lo que ya no tienes, recuperarlo, ser quien eras, o quien fuiste y dejaste de ser para dar partida a la caza de otro nuevo amor. En ese caso te sentirás culpable. También puedes sentirte rechazado, utilizado o reemplazado en el caso de que pienses que tú no tuviste la culpa de la pérdida.
También puedes intentar recuperar esos tiempos de felicidad con esa otra persona, pero también sufres en la incertidumbre que te causa el conocimiento de que esa recuperación no sólo depende de ti. En fin, cosas que podemos pero no podemos hacer con algo roto.
[Es increíble cómo he pasado de la primera persona del plural a la segunda del singular. A ver ahora cómo sigo]
Siempre te das cuenta de que no es buena esa ambigüedad de sentirse bien estando solo y al mismo tiempo necesitar alguien a quien complacer, a quien cuidar, por quien preocuparte... así como alguien que te complazca, que te cuide, que se preocupe por ti. Será por eso de que las personas nunca nos conformamos con lo que tenemos y siempre queremos algo distinto, pero luego tenemos fobia a los cambios.
Qué fue de esa mujer inadecuada con la que querías algo especial, porque te consolaba existencialmente y calmaba tu esperanza de que tenía que existir alguien así, alguien como esa persona, que te salvaba de pensar que el mundo estaba vacío y muerto. Qué fue de ese momento de correspondencia milagrosa y emotiva, de esas que humedecen los ojos, en el que te preguntabas: "¿pero esto realmente está pasando?"; qué fue de ese momento y qué fue después, de ese otro momento en el que hiciste memoria de lo sucedido y te preguntaste "¿pero esto realmente sucedió, y por eso ahora tengo que estar así?".
No conocemos el futuro, ni controlamos el presente. Sólo podemos mortificarnos pensando en el pasado. En las cosas buenas, en las malas, en lo que hicimos bien, en lo que nos salió mal, en el porqué de todo esto... y nunca llegamos a ninguna conclusión cuya preferencia no vayamos a cambiar.
No podemos aprender lo suficiente como para estar tranquilos de poder confiar en nosotros mismos, porque el amor, y todo lo relacionado con él, es uno de los pocos aspectos en los que no nos conocemos ni a nosotros mismos, y por eso lo único que nos queda es seguir buscando, seguir esperando, lo que sea, e intentar seguir siendo felices o infelices en función de cuánto necesitemos y hasta qué punto la suerte y la realidad estén de nuestro lado.
Una de las formas más bellas de esta aceptación que damos o necesitamos recibir es el amor, muchas veces confundido y/o relacionado con la atracción sexual, la concordancia de ideas sobre algunos conceptos o la compañía.
Muchas personas han escrito sobre este tema, dándole diversos nombres, describiéndolo de innumerables formas, dando chorrocientos consejos sobre cómo optimizarlo, etc.; pero la verdad es que nadie, tras años de investigación y horas empleadas en su pensamiento, nadie y absolutamente nadie ha descubierto por completo la ciencia del amor. Podemos defender que es la consecuencia de reacciones químicas relacionadas en la sinapsis del cerebro y el resto de los sistemas nerviosos de las personas, podemos pensar que el amor se basa en reacciones psicológicas entre las personas dependiendo de sus necesidades y de sus objetivos. Podemos incluso creernos unos expertos del amor en nuestra propia persona... pero no lo somos.
Ni el más experimentado de los hombres dará la misma descripción del amor que otro. Nadie, por mucho conocimiento que tenga sobre las relaciones amorosas podrá explicar de forma imparcial cómo es esto.
¿Por qué? Pues porque el amor es algo que cada persona sufre, vive, conoce de una manera, con una experiencia propia y un juicio propio. No es una ciencia exacta, ni demostrable, ni empírica.
Por eso no tengo nada que decir si pretendo ser objetivo o demostrar algún hipotético descubrimiento, ya que éste sería siempre algo personal para mí, igual que lo es para cada uno, y por eso lo único que me queda es describirlo de la forma que a mí me parezca apropiada, resaltando la belleza de cada cosa que me puede haber pasado, sin intentar convencer a nadie de que el amor es de una manera determinada, porque eso del amor y de la atracción es siempre diferente y depende de tantos factores que no lo podemos controlar. Depende de muchas personas, no sólo una; depende de muchas situaciones sociales y económicas, y no sólo una; depende de muchas experiencias personales durante muchos años, y no sólo de una, durante un año; depende de muchos intereses vitales y naturales, tanto biológicos como sintéticos, y no solo de uno; depende de muchas localizaciones geográficas, sentimentales y temporales, y no sólo de una; depende de muchas personalidades y preferencias, y no sólo de una. Por esto y por otro montón de razones, la única palabra con la que se puede definir la magnitud y la probabilidad del amor es "de variables indefinidas"
A veces es algo incierto, no sabes si es real o sólo un producto de tu imaginación; no sabes si eso te hace sentir bien o te hace sentir mal, o ambas cosas al mismo tiempo. No sabes si el amor que puede que sientas hacia una persona es correspondido, o quizá si lo sabes, y eso resulta aún peor. Puede que intuyas, o que conozcas, el amor que una persona tiene hacia ti, pero ni si quiera tú podrías determinar si lo correspondes.
No somos dueños ni conocedores a veces de nuestros propios sentimientos, imagínome de los sentimientos de los demás.
Un encuentro o situación amorosos se pueden dar en cualquier lugar, en cualquier momento, durante un período de tiempo de cualquier longitud...
A veces te encuentras a una chica dolorosamente guapa en un centro comercial, de compras, te quedas mirándola y al cabo de un rato piensas que ni si quiera se ha percatado de tu presencia, pero entonces te sientes afortunado porque has sido testigo de que ese tipo de chicas existen de verdad, y al mismo tiempo te sientes desgraciado porque, aunque esa chica haya desaparecido para siempre de tu vida, seguirá formando parte de tus ilusiones hasta que se te acabe la memoria. Puedes tener un encuentro fortuito con una mujer que está llorando en un lugar público, pero no te atreves a ofrecerle tu ayuda, porque intuyes que no la aceptará, o no será como tú esperas que sea la conversación que te estás imaginando en un instante, es decir, como en las películas. Un encuentro fortuito con esa mujer con la que estarías dispuesto a pasar el resto de tu vida sin importar las consecuencias. No la conoces de nada, no sabes su nombre, no conoces su pasado, pero sabes que lo harías. Desconoces la razón por la que está llorando, y eso te hace sentir más culpable, aunque imaginas algunos porqués en función del tipo de persona que te inspire ser. Puede que la hayan echado del trabajo, que su padre la haya gritado, que la hayan atracado, que haya recibido una llamada del hospital... pero el caso es que la ves ahí, llorando desconsolada pero discretamente, mirando al suelo, pensando que nadie la está mirando, intentando que nadie se percate de su anodina desgracia, y entonces tienes que tomar una decisión. O te quedas con ella e intentas no parecer una amenaza, o te vas para dejar de tener que soportar la incomodidad de observar algo que tus principios no te permiten ver sin hacer nada. Entonces es cuando pones a prueba tu cobardía.
A veces el amor que sientes es un caso de admiración. Hay una persona a la que amas, aunque no te acostarías con ella. Simplemente te gustaría ser esa persona por un instante. Puede que hasta sea de tu mismo sexo y te de envidia. A veces las personas del mismo sexo se manifiestan su admiración de forma física, pero yo ahí no me meto. Puede que esa persona nunca lo sepa. De hecho nunca lo sabrá.
Otras veces te pones a pensar y te das cuenta de que amas a alguien que siempre ha estado ahí y que hasta el momento ha pasado desapercibida, pero te pones a pensar en ella, y te preguntas por qué en este preciso instante tienes que caer en las mismas redes.
Seguro que otras veces eres testigo de que alguien te ama, pero no te lo quiere hacer saber de forma activa. Se comporta de una manera delatora, tú lo sabes y te sientes responsable de no corresponder un amor que crees recibir de forma injusta.
En ocasiones, sacrificamos una buena parte de nosotros cuando pretendemos conseguir algo, no sólo en el amor, pero de eso va al entrada. Alguien nos ha dado indicios, ya sean verdaderos o falsos, de que tenemos oportunidades, y nosotros nos lanzamos de cabeza a por esas oportunidades. A veces lo conseguimos, a veces no. Depende de muchas cosas, ya lo he dicho antes.
Después te empiezas a acordar de un antiguo amor que tuviste y que se apagó, pero que en tu interior, en tu recuerdo, en tu esperanza, sigue vivo, latente, esperando a que hagas algo con él. Lo dejas morir hasta que crees que el olvido lo ha borrado de tu baúl de los recuerdos, pero sigues dolido porque sabes que siempre habrá algo que te recuerde tu pérdida emocional en el caso. Siempre llegará un momento, antes o después, en el que querrás volver al pasado y volver a tener lo que ya no tienes, recuperarlo, ser quien eras, o quien fuiste y dejaste de ser para dar partida a la caza de otro nuevo amor. En ese caso te sentirás culpable. También puedes sentirte rechazado, utilizado o reemplazado en el caso de que pienses que tú no tuviste la culpa de la pérdida.
También puedes intentar recuperar esos tiempos de felicidad con esa otra persona, pero también sufres en la incertidumbre que te causa el conocimiento de que esa recuperación no sólo depende de ti. En fin, cosas que podemos pero no podemos hacer con algo roto.
[Es increíble cómo he pasado de la primera persona del plural a la segunda del singular. A ver ahora cómo sigo]
Siempre te das cuenta de que no es buena esa ambigüedad de sentirse bien estando solo y al mismo tiempo necesitar alguien a quien complacer, a quien cuidar, por quien preocuparte... así como alguien que te complazca, que te cuide, que se preocupe por ti. Será por eso de que las personas nunca nos conformamos con lo que tenemos y siempre queremos algo distinto, pero luego tenemos fobia a los cambios.
Qué fue de esa mujer inadecuada con la que querías algo especial, porque te consolaba existencialmente y calmaba tu esperanza de que tenía que existir alguien así, alguien como esa persona, que te salvaba de pensar que el mundo estaba vacío y muerto. Qué fue de ese momento de correspondencia milagrosa y emotiva, de esas que humedecen los ojos, en el que te preguntabas: "¿pero esto realmente está pasando?"; qué fue de ese momento y qué fue después, de ese otro momento en el que hiciste memoria de lo sucedido y te preguntaste "¿pero esto realmente sucedió, y por eso ahora tengo que estar así?".
No conocemos el futuro, ni controlamos el presente. Sólo podemos mortificarnos pensando en el pasado. En las cosas buenas, en las malas, en lo que hicimos bien, en lo que nos salió mal, en el porqué de todo esto... y nunca llegamos a ninguna conclusión cuya preferencia no vayamos a cambiar.
No podemos aprender lo suficiente como para estar tranquilos de poder confiar en nosotros mismos, porque el amor, y todo lo relacionado con él, es uno de los pocos aspectos en los que no nos conocemos ni a nosotros mismos, y por eso lo único que nos queda es seguir buscando, seguir esperando, lo que sea, e intentar seguir siendo felices o infelices en función de cuánto necesitemos y hasta qué punto la suerte y la realidad estén de nuestro lado.
martes, 20 de julio de 2010
...y dónde no cabe una utopía?
Todo eso viene de la necesidad natural de sentir que nuestra razón y nuestro juicio son los únicos válidos y verdaderos, porque hemos aprendido que los "demás" piensan de manera distinta, por lo cual suponen un peligro para nuestras ideas, sobre todo cuando intentan derribarlas de forma hiriente.
Por eso quiero "escapar" de este lugar en el que me encuentro. Quiero "volar" en un avión hacia ningún sitio. Sólo quiero volar, quedarme suspendido en el aire. Tocar el cielo con las manos y sentir lo inalcanzable. Salir de este país en el que nadie ha aprendido a convivir, y los que han aprendido, no pueden ejercer su capacidad de convivencia por asuntos de supervivencia. Huir de estas fronteras en cuyo interior unos se pegan con otros por razones de orgullo y de dinero. Los ricos y los que se creen superiores luchan para no ver deteriorada su imagen de pureza y distinción; los pobres y los que se creen pisoteados luchan porque creen que merecen algo mejor de lo que tienen, y piensan que no son responsables de sí mismos. Así poco a poco hemos ido creando un país en el que lo único que se respira es el odio por todo el que nos rodea. Pero en mi vuelo de huida tampoco quiero llegar a ninguna parte, porque sé que allí se dará más de lo mismo. Huir del odio que ha conquistado España para respirar el odio que se ha hecho con el resto de los países del mundo, da igual dónde. Estoy por hacerme monje y quedarme meditando en medio de esas montañas que dicen que hay en algún lugar de Asia.
Se da por hecho que para cada cual existe siempre otra "persona" con la que concuerda. Una persona con la que se puede sentir plenamente realizado todo el mundo en su respectiva identidad. Pero yo también he dado por hecho que esa supuesta persona sólo existe de forma subjetiva. Puede que nos esté engañando, puede que nos estemos engañando nosotros mismos, pero una mezcla de todo me ha hecho llegar a la conclusión de que cualquier utopía que podamos percibir en nuestra existencia siempre será fruto de un engaño. Por eso prefiero hallar esa utopía en soledad, porque si alguien me engaña, prefiero ser yo mismo.
Prefiero ser yo el responsable de mi propia desgracia o de mi salvación. Quiero ser yo el que elija hasta qué punto es real la realidad, y hasta qué punto es feliz la felicidad, así como hasta qué punto el agua humedece las cosas.
Por una vez me gustaría ser egoísta y prescindir del trabajo de pensar en cada persona, para saber en quién puedo confiar y en quién no. En primer lugar, porque siempre me equivoco haciendo ese trabajo de destilación entre confianza y hostilidad. En segundo lugar, porque sean o no de confianza, todas las personas del mundo son eso, personas, que también tienen sus experiencias, su opinión, sus reacciones y sus intereses, y por eso, precisamente por ser sujetos ajenos a mi persona, ya pierden toda su fiabilidad para mí, igual que yo la pierdo para ellos.
Puede que el ideal de autosuficiencia sea insostenible, puede ser. Puede que el individualismo sea inviable, pero paradójicamente es con lo que todos soñamos o hemos soñado alguna vez en nuestros más profundos y puntuales derroches de egocentrismo, por el cual no nos podemos culpar.
Quiero llegar a algún lugar donde nadie me envidie, nadie quiera utilizarme o hacerme daño. Un lugar donde nadie quede por encima a costa de dejarme a mí debajo. Un lugar en el que no tenga que protegerme ni desconfiar de nadie ni de nada. Un lugar en el que mis hijos aprendan la doctrina del amor y no la del odio. Donde aprendan una convivencia hecha por la cooperación y el respeto, y no por la destrucción y el dolor de los semejantes. Un lugar en el que mis hijos no se sientan identificados consigo mismos cuando hieren a alguien, y de esa manera tengan que dudar de sí mismos. Quiero llegar a un lugar en el que yo pueda gritarles desde lo alto de una montaña que son libres, y que al oírme ellos puedan correr alegremente lejos de mí, donde yo no pueda hacerles daño, porque estoy encadenado. Encadenado por ese odio con el que he aprendido a sobrevivir en el mundo anterior. En este mundo presente que nos amenaza. Encadenado por mi pasado, por el pasado común en el que todos nos hemos visto obligados a tomar decisiones de las que no nos sentimos orgullosos. Encadenado por la pérdida de la esperanza y por la resignación, que es lo único que me queda para seguir flotando sobre el agua que me mantiene con vida. Un agua fría y hostil bajo cuya superficie se hundieron todos los principios, todas las ideas, todo el amor y toda la alegría que me quedaba.
Tendré que nadar yo solo y dejar que ellos descubran todo eso por sí mismos.
Y bien, ahora que la música deja de hacer efecto, dejaré de mirar mi mano apuntando al cielo. Veré mi brazo, después me veré a mí mismo, contaminado interiormente por toda esta mierda, y después volveré a ver la desgarradora imagen del horizonte que se abre frente a mis ojos, que una vez quedaron cegados por el llanto y nunca más volvieron a ver la realidad tal y como era, porque la verdad quedó oculta bajo todos esos sedimentos de odio que hoy iluminan la culminación de la idolatría del hombre y lo hacen cada vez más infeliz cuando recoge lo que él mismo ha sembrado.
viernes, 2 de julio de 2010
"Todo el mundo" (1ª parte)
Todo el mundo debería ser feliz. Todos deberíamos pasarnos el día cantando canciones alegres, expresando nuestra euforia. Todos deberíamos ayudar a los demás continuamente.
En la sociedad actual todo está pensado para que seamos felices. Todo está diseñado para complacernos, para acomodarnos, para hacernos vivir bien, al máximo, a todos. MENTIRA.
Ciencias aparentemente tan aburridas como la economía, la sociología, la psicología y la política son las únicas que nos pueden salvar del desagüe sin fondo que nos amenaza, o al menos nos pueden ayudar a comprender cómo colocarnos para que la caída sea lo menos dolorosa posible.
A veces resulta aburrido leer y escuchar a tantos catastrofistas hablando de que todo es un engaño, de que somos víctimas de la parte mala de nuestra propia conciencia y que estamos destinados a un final cruel por el que nadie va a derramar una lágrima. Puede ser. Puede ser molesto que cada vez se hable más de la desgracia que nos acecha a todos en los años del futuro de cada uno. Puede causar incomodidad el hecho de pensar que el misterioso y azaroso destino nos ha reservado a cada uno un final personalizado en el que cada cual será menos afortunado que el anterior en caer, porque todos "acabaremos pagando por nuestra culpa". ¿Qué culpa? Podemos ser culpables por dos cosas: Por causar el mal, por contribuir a esta desgracia común de la que voy a hablar, participar en el maléfico trazo de la mano que dibuja el futuro, ser parte de la trama... o culpables por no hacer nada. Esa puede ser una culpa mayor. Sí. No hacer nada. ¿Pero qué podemos hacer, si a escala individual somos completamente insignificantes? Y una mierda. Lo mínimo que podemos hacer a escala individual es darnos cuenta de lo que pasa. Indagar un poco, mostrar algo de curiosidad. Luchar contra nuestra pereza.
Ya no hablo de luchar contra la corriente -aunque hay quien lo consigue-. No hablo de intentar cambiar el mundo, ni si quiera de cambiar a los demás, ni de cambiarse a uno mismo. Simplemente hablo de que la mayor parte de la culpa no reside en aquellos que idearon el sistema de la ruina total, ni en los que por miedo decidieron contribuir a su construcción. Hablo de que la CULPA reside en todos aquellos -que son la mayoría- que nunca lucharon por descubrir de qué eran víctimas, quién decidía por ellos, para qué estaban ellos dondequiera que estuvieran, de qué formaban parte.
Tú mismo. ¿Te has parado a pensar de qué formas parte? A ver... formas parte de... una sociedad basada en el capitalismo compulsivo en el que cada persona sólo es capaz de luchar por sí misma, pensando en su propio beneficio, trabajando para su propio bolsillo, para lograr engrandecer sólo su propia imagen. ¿Qué cruel suena esto, verdad? ¿Cómo es posible que las personas sean tan insensibles, tan egoístas? Igual estoy generalizando demasiado, dramatizando.. pues no. Incluso estoy intentando contener la ira de mi certidumbre sobre lo que no sé si es un océano o un abismo. El hombre es cruel. Eso sí es generalizar.
El hombre se ha vuelto cruel a lo largo de la historia, pero todo empezó en un lejano momento. Así a rasgos generales, podemos entender que el hombre, que desciende de las ramas homínidas de los primates, empezó a desarrollar su cultura una vez que aplicó su inteligencia mental para almacenar sus logros y tener tiempo de investigar otros. Los humanos empezaron a construir armas para cazar, utensilios para sacar más partido a los alimentos, aprendieron a almacenar comida, a protegerse de los peligros de la naturaleza, a comunicarse... así poco a poco nació una población creada por grupos primitivos que se ponían de acuerdo para sobrevivir en comunidad. Poco a poco la reproducción se fue optimizando, la raza humana se expandió, empezó a evolucionar. Entonces el territorio se quedó pequeño. Las zonas fértiles y atractivas empezaron a ser disputadas y se nos ocurrió crear sistemas de organización más complejos para ser capaces de repartir los bienes existentes de forma justa y comprensible. El que tenga más fuerza se queda con lo que hay. Los grupos empezaron a armarse, a crear consecuencias ofensivas contra otros miembros de su misma raza y así empezó la propia competencia entre los hombres. Es difícil saber en qué momento el hombre adquirió conciencia de sí mismo. Posiblemente en el momento en que comenzó la escritura. A nivel de evolución, en todo el reino animal, el instinto se va cambiando por conciencia, proporcionalmente. Los insectos, desde que nacen, ya saben cuál es su trabajo y cómo lo tienen que hacer. Poco a poco, las especies se van sofisticando hasta llegar al hombre. El hombre es el último eslabón de la cadena evolutiva, y por tanto, es el mayor ejemplo de esta inversión del instinto. Los humanos somos los seres que más tardamos en ser físicamente independientes. Somos los que más tardamos en conseguir nuestro propio alimento, los que más dependemos de nuestra madre. Apenas sabemos respirar y tragar cuando a nuestras alturas, otros animales ya saben distinguir el peligro a distancia. Ahí está la razón de todo. En consecuencia, estamos completamente desprovistos de instintos. Es demostrable. Pero, como he dicho, ahí está la razón de todo. Psicológicamente somos unos dependientes. Desde que somos pequeños, al igual que el hombre en sus primeros siglos de historia, actuamos en función de los estímulos que nos llegan del exterior, ni si quiera tenemos conciencia de nosotros mismos. No hace ni tres mil años que el hombre aprendió a tomar conciencia de sí mismo. Poco a poco aprendimos a diferenciarnos de la naturaleza, a asumir que somos entes capaces de obrar, capaces de elegir entre las determinadas consecuencias de nuestros actos.
[Y por favor, lo digo desde ya, que no quiero ser ningún copiota. Esta entrada es total y literalmente mía, este texto ha sido enteramente redactado por mí, pero quiero remitir estas ideas sobre la libertad, la conciencia, la evolución psicológica del hombre en la historia y la sociedad al psicoanalista y escritor Erich Fromm y a su ensayo sobre El miedo a la Libertad del hombre a partir de los años cincuenta, cuando fue escrito su libro. Gracias de corazón y compréndase que esta es una aplicación a mi propia visión del mundo de las sabias palabras de este autor]
Y aquí está precisamente el cambio, la evolución, la diferencia. En esta reacción se resume todo. Cuando adquirimos conciencia de nosotros mismos, aún de manera primitiva, se despertó en nosotros algo muy básico, pero a la vez muy decisivo. Conceptos tan grandes como la libertad, la seguridad, el miedo, la tranquilidad... Resulta que nos dimos cuenta de que todos los hombres, todos los animales, todas las criaturas sobre la tierra, tienen que morir de la misma forma en que nacen. Nosotros no hemos elegido nacer, ni tampoco podemos elegir morir (o no morir). Si no nacemos no moriremos, pero si somos capaces de pensar todo esto, es que existimos, y por tanto, es que ya hemos nacido. Es por eso que todos caemos en la certeza de que vamos a morir. Antes o después, pero vamos a morir.
Algunas culturas inventaron una cosa muy guay llamada religión. Una idea que nos garantiza que no vamos a morir, o que al menos la muerte no supondrá el fin de nuestra conciencia, que es lo único que valoramos, porque es lo que somos. La religión es esa idea que nos dice que aunque nos llegue la muerte, aunque nuestro cuerpo se pare y se enfríe, nuestra mente/alma/conciencia seguirá activa. Esa mente, esa conciencia, que es lo que utilizamos para pensar, para juzgar, para discurrir. Es lo único que tenemos. La muerte nos daría el mismo miedo si nos dijeran que nuestro cuerpo va a sufrir un transplante de cerebro. Físicamente todo seguiría igual, pero nosotros, nuestra cabeza, nuestras ideas, nuestra conciencia, nuestro descubrimiento constante de presencia, nuestra capacidad de saber que estamos ahí, se irían a la mierda. Dejarían de existir. ¿De qué serviría conservar el cuerpo si las ideas y los sentimientos, que son lo único que tenemos y lo único por lo que luchamos, se van a ir al traste? Es eso, la mente, la cabeza. Tiene muchos nombres.
El caso es que el hombre se vio aterrado cuando recibió esa conciencia de sí mismo -autoconciencia-. Una conciencia cuya pérdida no podía asumir bajo ningún concepto. Así hemos vivido durante muchos años hasta el final del feudalismo. Durante esa época, los hombres todavía se concebían a sí mismos como componentes de una clase social a la que pertenecían por naturaleza y de la cual no se podían mover. Realizaban su trabajo, sus obligaciones, y morían en paz. Poco a poco, con la evolución del comercio, de la especialización... la competencia y el individualismo empezaron a cobrar importancia. Los gremios se disolvieron en grupos independientes de comerciantes que se hacían la competencia entre sí para ganar más dinero, porque el capital también empezaba a ser importante. Las relaciones desinteresadas de ayuda comunitaria de unos a otros se convirtieron en hostiles luchas por la popularidad y el éxito. Esto se sigue llevando en nuestros días.
Nacemos y somos "educados"; se nos introducen unos principios, unas normas, unas reglas, unas obligaciones... unas mentiras. Se nos hace creer que una determinada idea es LA idea general, la verdadera. Nos llevan a pensar que una determinada forma de pensar o de actuar es LA oficial, la única, la verdadera. Eso es algo muy positivo para la globalización, pero individualmente es una putada para todos. Aquí está el otro dilema. Pensar en uno o pensar en todos. Capitalismo o comunismo. Puede que no sea la mejor comparación, pero es real.
Cuando vamos por la calle y vemos que la mayoría de la gente lleva las mismas zapatillas, que todos se transportan con los mismos medios, que todos utilizan los mismos productos... ¿cómo sabemos que la globalización significa el alcance de los máximos niveles de evolución y comodidad, y que no es en realidad una consecuencia nefasta de la implantación de estereotipos, fruto de un sistema económico en el que la única religión es el máximo placer al precio más asequible? ¿Cómo sabemos que todos compramos el rojo porque a todos nos gusta el rojo, y no porque todos los que compramos de rojo tenemos el mismo poder adquisitivo, distinto al de los que compran de azul o de amarillo? ¿Cómo sabemos que nuestro aspecto exterior es reflejo de nuestra personalidad, y no al revés? No lo sabemos.
Por eso puedo resultar incómodo, y por eso puedo parecer catastrofista. Porque sigo siendo de los que piensan que los hombres ya no tenemos ni personalidad, ni principios, ni escrúpulos, ni si quiera conciencia. Sólo somos máquinas que producen y trabajan para conseguir un dinero con el que pueden adquirir unos productos y una apariencia que, en contraste con la de los demás, nos hará sentir mejores, no hacia nosotros mismos, sino hacia los otros. Todos los indicios apuntan a lo mismo.
Como indica Erich Fromm en su libro "El miedo a la libertad", y como afirman muchos pensadores famosos a lo largo de la historia, así como filósofos, políticos, sociólogos y pacifistas, y en conclusión, así como yo insinuaba en la entrada anterior: la seguridad es inversamente proporcional a la libertad. Y es por eso que nos hallamos tan atados en nuestro mundo de aparente felicidad, en nuestro mundo lleno de falsedad y de hipocresía.
La seguridad es inversamente proporcional a la libertad porque para ser libres necesitamos desatarnos de las cosas que precisamente nos aportan seguridad. Para poder elegir necesitamos arriesgarnos. Si no arriesgamos nada, no tendremos nada que elegir. Para ser libres necesitamos deshacernos de aquello que nos encadena y que no nos deja movernos; para ser libres necesitamos despedirnos de las cosas que nos mantienen atados a una situación determinada. Y exactamente al revés. Para estar seguros, necesitamos renunciar a nuestra ambición y a nuestra libertad.
Pero si ahora nos situamos en el tiempo, ¿qué seguridad nos puede quedar en un mundo en el que nos hemos deshecho de todo el amor con que nacimos? Psicológicamente hablando, ¿a qué seguridad o a qué tranquilidad podemos optar si el sistema económico en el que vivimos nos ha enseñado que estamos solos frente al mundo?
Ese era el primer dilema, la soledad. Ya se me había olvidado. Justo cuando escribía sobre el descubrimiento primario de los hombres sobre la muerte, lo tenía que haber nombrado. Pues bien, esta es una reacción psicológica que el hombre posee históricamente a raíz del instinto que tiene como objetivo único la supervivencia.
Cuando el hombre sabe que tiene que morir, no tiene nada que conservar. Por no tener, no tiene ni esperanza. Algo tendremos que necesitar para sentirnos tranquilos cuando estamos solos. Es precisamente eso: lo contrario a la soledad. Lo contrario a la soledad física, que en pequeños plazos de tiempo nos hace sentir desarraigados. Necesitamos compañía. Pero además, necesitamos lo contrario a la soledad moral. Sentir que nadie nos comprende, que no pertenecemos a nada, dudar de nuestras propias ideas, del trabajo que nosotros mismos hemos realizado. Esa es la soledad que más miedo nos da a las personas del mundo actual. Necesitamos amigos, amantes, familiares. Lo que sea para tener la sensación de que no estamos solos. Algunos siguen recurriendo a la religión. Piensan que Dios les arropará cuando vayan al cielo y perdonará todas sus faltas porque ellos no eran dueños de su libertad. Otros se arropan en pertenecer a un grupo de amigos o a una ideología determinada en la que son valorados (aquí se puede ver un perfecto ejemplo en el que se sacrifica la libertad para conseguir seguridad; cuando las personas pertenecemos a algo o a alguien, perdemos la libertad y nos sometemos a la manera de actuar y de pensar del grupo en el que estamos, y éste a cambio nos concede la sensación de que somos importantes en un mundo en el que nadie se va a preocupar por nosotros). Pensamos que comprando los productos de moda estamos más integrados en la sociedad, incluso aunque no haya nadie para ver lo chulos que somos. Nosotros mismos, delante del espejo, nos autoengañamos cuando hablamos bien de nosotros mismos. Las señoras mayores se autoengañan cuando piensan que parecen menos gordas si se compran una chaqueta de campana, y están convencidas de que consiguen engañar a los demás cuando lucen en público su nuevo complemento de moda. Lo mismo le sucede a un hombre cuando compra un coche o utiliza una nueva espuma de afeitar. Nos hemos vuelto dependientes de nuestro propio juicio, incluso antes que del de los demás. El autoengaño es más común que la hipocresía hacia los demás. Es alarmante. A veces incluso nos sometemos a nuestra propia privación de la libertad para conseguir un sentimiento de seguridad que creamos para nosotros mismos, entendiendo que estamos a salvo en una esfera de ceguera que nosotros mismos nos hemos construído, aunque no seamos conscientes de ello.
Después, para ocultar estos casos de autoengaño y esta sensación de crueldad de la humanidad en la que todos somos voraces depredadores que se matan por conseguir algo que alivie su sensación de soledad y de inseguridad, para ocultar una imagen de odio hacia nosotros mismos, hemos inventado el amor. El amor se produce, a mi entender, cuando apreciamos a una persona más que a nosotros mismos, aunque sólo sea en un aspecto determinado. Es admiración, es envidia constructiva. Amor hacia un carácter determinado que creemos que en una persona ajena se ha desarrollado mejor que en nosotros. Como consecuencia de ello, dicha persona nos atrae, porque tenemos la curiosidad de ampliar nuestro conocimiento sobre ese carácter que nos atrae.
Pero todo esto del amor y del odio, sólo son, en conjunto, excusas para conseguir a toda costa esos pequeños logros que juntos harán que nos sintamos bien con nosotros mismos, pensando que los demás nos aman, nos entienden, o nos ven bien, como pretendemos que hagan, pero es todo psicología. Un potente sistema que hemos ido construyendo poco a poco para pensar que no llegaremos solos a la muerte, para creer que nos hemos alejado de esa idea y que habrá alguien que llore cuando nosotros no estemos. Nos pasamos la vida luchando para que cuando nuestro fin llegue, haya al menos una persona que se vista de negro y que piense en nosotros cuando ya no estemos ahí delante para pronunciar una sola palabra. Algunos ocultan este deseo, se vuelven individualistas, dicen que no necesitan a nadie... pero te puedo asegurar, desde lo más sincero de mi experiencia y mi juicio, que hasta el más arisco y amargado de los hombres que existen sobre la tierra necesita ser amado, comprendido y estar convencido de esa idea, de que no está sólo.
sábado, 27 de marzo de 2010
De los ceros y los unos en nuestra cabeza, no del todo perfecta...
He crecido en un mundo hostil camuflado de acogedor, me he criado en un ambiente frío iluminado con luz cálida, he dormido en una cama de espinas camufladas como hilos, me he alimentado de malas intenciones camufladas como despistes, me he lavado con la indiferencia para quitarme la falsedad de encima y me he acostado con verdades que no me hicieron perder la esperanza.
Si digo que soy infeliz, miento y quedo como una víctima, pero si digo que soy feliz, miento más y parece que pretendo engañar a alguien, así que no, no soy nada; no seré nada mientras no pueda elegir serlo, mientras mis manos no estén al alcance del tipo de decisiones que me permitirían saber si soy feliz o no.
¿Debería? Debería considerarme feliz, porque eso es lo que me han enseñado, lo que nos enseñan a todos desde pequeños: "tienes que ser feliz, porque lo tienes todo, y si te falta algo, también tienes que ser feliz, porque es lo que los demás tienen que ver, tienen que pensar que eres feliz; tú tienes que pensar que eres feliz". Sí, sí y otra vez sí. Somos educados para engañarnos a nosotros mismos si es necesario, educados para engañar a los demás, educados en el efecto placebo de nuestros propios engaños, educados para manipularnos a nosotros mismos y a los demás, porque vale más pensar que algo es malo, que saber si algo es realmente malo o no. Vivimos y somos educados en la cobardía de no atrevernos a indagar sobre cuál es la verdad válida, en la cobardía de preferir la incertidumbre antes que la certeza, somos educados en la comodidad de la ignorancia, incluso sobre nosotros mismos.
Pero hay algo que se nos escapa. Hay algo que se le escapa a la mente tan perfecta del hombre, y es que su mente es mucho mas perfecta de lo que él cree.
Las personas hemos desarrollado unas técnicas prediseñadas para vivir en sociedad manteniendo una posición de seguridad, un margen de movimiento, un halo de tranquilidad que nos separa de aquello que no sabemos controlar, sí, lo hemos hecho, pero durante todos esos años que nos ha costado nuestro trabajo de conseguir cierta estabilidad, nos hemos olvidado de algo, algo que nos caracteriza como especie humana, algo que nos diferencia a unos de otros y que al mismo tiempo nos une y nos relaciona, nos hace comunes y nos unifica en la coincidencia. Nos hemos olvidado de los sentimientos, algo que algunos llaman corazón, da igual el nombre. En nuestra perfecta razón nos falta una cosa por explicar, por controlar, por conocer. Son los sentimientos, las sensaciones, los deseos, los instintos, los placeres. Eso todavía no lo podemos controlar, y como lo que no controlamos nos da miedo, hemos decidido apartarlo de nuestro proyecto de sociedad, lo hemos aparcado de nuestros planos para una mente perfecta, lo hemos ignorado en nuestra torre hacia la felicidad. Grave error. Eso es lo que nos tiene y nos tendrá vacíos siempre. Porque los sentimientos no se pueden controlar, ni predecir, ni los gustos, ni las necesidades, ni los caprichos. Y es por eso que somos infelices, porque desde nuestro estudiado programa de comportamiento no nos atrevemos a liberar nuestra parte biológica, nos quedamos encerrados en nuestra parte informática, leyendo códigos de unos y ceros, sin saber que existen más números y más letras distintos del uno y del cero.
Pero yo ayer aprendí un número nuevo: el dos. Es un buen comienzo.
___________________________________
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
