martes, 20 de julio de 2010

...y dónde no cabe una utopía?

El típico deseo de salir. De escapar. De volar. Qué común y qué acertado ese deseo típico. Por qué será que todos pensamos en lo mismo. En ese afán generalizado de llegar a una isla desierta. Un lugar despoblado, virgen, sin corromper. Por qué será ese anhelo de no tener a nadie alrededor, o al menos tener alguien a quien haber podido elegir.
Todo eso viene de la necesidad natural de sentir que nuestra razón y nuestro juicio son los únicos válidos y verdaderos, porque hemos aprendido que los "demás" piensan de manera distinta, por lo cual suponen un peligro para nuestras ideas, sobre todo cuando intentan derribarlas de forma hiriente.
Por eso quiero "escapar" de este lugar en el que me encuentro. Quiero "volar" en un avión hacia ningún sitio. Sólo quiero volar, quedarme suspendido en el aire. Tocar el cielo con las manos y sentir lo inalcanzable. Salir de este país en el que nadie ha aprendido a convivir, y los que han aprendido, no pueden ejercer su capacidad de convivencia por asuntos de supervivencia. Huir de estas fronteras en cuyo interior unos se pegan con otros por razones de orgullo y de dinero. Los ricos y los que se creen superiores luchan para no ver deteriorada su imagen de pureza y distinción; los pobres y los que se creen pisoteados luchan porque creen que merecen algo mejor de lo que tienen, y piensan que no son responsables de sí mismos. Así poco a poco hemos ido creando un país en el que lo único que se respira es el odio por todo el que nos rodea. Pero en mi vuelo de huida tampoco quiero llegar a ninguna parte, porque sé que allí se dará más de lo mismo. Huir del odio que ha conquistado España para respirar el odio que se ha hecho con el resto de los países del mundo, da igual dónde. Estoy por hacerme monje y quedarme meditando en medio de esas montañas que dicen que hay en algún lugar de Asia.
Se da por hecho que para cada cual existe siempre otra "persona" con la que concuerda. Una persona con la que se puede sentir plenamente realizado todo el mundo en su respectiva identidad. Pero yo también he dado por hecho que esa supuesta persona sólo existe de forma subjetiva. Puede que nos esté engañando, puede que nos estemos engañando nosotros mismos, pero una mezcla de todo me ha hecho llegar a la conclusión de que cualquier utopía que podamos percibir en nuestra existencia siempre será fruto de un engaño. Por eso prefiero hallar esa utopía en soledad, porque si alguien me engaña, prefiero ser yo mismo.
Prefiero ser yo el responsable de mi propia desgracia o de mi salvación. Quiero ser yo el que elija hasta qué punto es real la realidad, y hasta qué punto es feliz la felicidad, así como hasta qué punto el agua humedece las cosas.
Por una vez me gustaría ser egoísta y prescindir del trabajo de pensar en cada persona, para saber en quién puedo confiar y en quién no. En primer lugar, porque siempre me equivoco haciendo ese trabajo de destilación entre confianza y hostilidad. En segundo lugar, porque sean o no de confianza, todas las personas del mundo son eso, personas, que también tienen sus experiencias, su opinión, sus reacciones y sus intereses, y por eso, precisamente por ser sujetos ajenos a mi persona, ya pierden toda su fiabilidad para mí, igual que yo la pierdo para ellos.
Puede que el ideal de autosuficiencia sea insostenible, puede ser. Puede que el individualismo sea inviable, pero paradójicamente es con lo que todos soñamos o hemos soñado alguna vez en nuestros más profundos y puntuales derroches de egocentrismo, por el cual no nos podemos culpar.
Quiero llegar a algún lugar donde nadie me envidie, nadie quiera utilizarme o hacerme daño. Un lugar donde nadie quede por encima a costa de dejarme a mí debajo. Un lugar en el que no tenga que protegerme ni desconfiar de nadie ni de nada. Un lugar en el que mis hijos aprendan la doctrina del amor y no la del odio. Donde aprendan una convivencia hecha por la cooperación y el respeto, y no por la destrucción y el dolor de los semejantes. Un lugar en el que mis hijos no se sientan identificados consigo mismos cuando hieren a alguien, y de esa manera tengan que dudar de sí mismos. Quiero llegar a un lugar en el que yo pueda gritarles desde lo alto de una montaña que son libres, y que al oírme ellos puedan correr alegremente lejos de mí, donde yo no pueda hacerles daño, porque estoy encadenado. Encadenado por ese odio con el que he aprendido a sobrevivir en el mundo anterior. En este mundo presente que nos amenaza. Encadenado por mi pasado, por el pasado común en el que todos nos hemos visto obligados a tomar decisiones de las que no nos sentimos orgullosos. Encadenado por la pérdida de la esperanza y por la resignación, que es lo único que me queda para seguir flotando sobre el agua que me mantiene con vida. Un agua fría y hostil bajo cuya superficie se hundieron todos los principios, todas las ideas, todo el amor y toda la alegría que me quedaba.
Tendré que nadar yo solo y dejar que ellos descubran todo eso por sí mismos.

Y bien, ahora que la música deja de hacer efecto, dejaré de mirar mi mano apuntando al cielo. Veré mi brazo, después me veré a mí mismo, contaminado interiormente por toda esta mierda, y después volveré a ver la desgarradora imagen del horizonte que se abre frente a mis ojos, que una vez quedaron cegados por el llanto y nunca más volvieron a ver la realidad tal y como era, porque la verdad quedó oculta bajo todos esos sedimentos de odio que hoy iluminan la culminación de la idolatría del hombre y lo hacen cada vez más infeliz cuando recoge lo que él mismo ha sembrado.

martes, 13 de julio de 2010

Palabras para un triste sueño


...y dejó escrito que si alguien iba a pronunciar un discurso en su funeral, lo
haría yo, porque era la única persona de la que se sentía orgullosa.

Lo cierto es que cuando uno tiene un sueño tan intenso, a veces es difícil distinguir lo que es verdad y lo que es imaginario, aunque yo creo que todo lo que imaginamos o pensamos es reflejo de la realidad que conocemos y no nos atrevemos a revelar.

De repente me encontraba allí, en medio de algún lugar conocido, buscándote. Dos perritos desorientados bajaban la escalera. Me había equivocado de portal. Llegué al número correcto y subí hasta la puerta, pero la cosa seguía siendo muy extraña. Pregunté y respondió un hombre a gritos. ¡Perdone! Me volví a equivocar. Era tarde, de madrugada. Todo estaba muy oscuro y silencioso. Se me ocurrió mirar no sé qué documento con la distribución del edificio y quedé sorprendido. Habían cambiado los nombres de todos los propietarios, su piso y su puerta, pero había otro registro con antiguos propietarios. Encontré tu nombre.
Llegué a mi casa, no sé por qué, y alguien me comunicó, de manera muy respetuosa, que "estabas en un lugar mejor". Es increíble la fuerza que esas palabras ejercieron sobre mí, aún siendo un ateo empedernido obsesionado por el empirismo y la exactitud científica. Creo que el único efecto que tuvieron fue el de recordarme tu ausencia. Habías muerto durmiendo, te encontraron en tu cama, pero tú ya no estabas. Pasaron unas horas, me dejaron leer tu testamento. Lo tenías localizado porque toda tu vida habías vivido mirando hacia ese momento. Lloré como un loco leyendo aquellas palabras tuyas manifestando tus últimas voluntades, de forma tan humilde y agradecida. Incluso escribiendo esta mierda me pongo otra vez a llorar. Mi cabeza no tuvo el considerado detalle de soñar con qué palabras decías en tu testamento, pero sí recuerdo exactamente las que me hicieron desplomarme por completo mientras leía.
Decías: "...y no creo ser merecedora de ningún discurso, pero si alguien tiene que pronunciar unas palabras para hacerme homenaje, ese será Alejandro, porque es la única persona de la que estoy orgullosa".
Y me puse a escribir lo que en aquel momento se me pasaba por la cabeza. Aquella contestación que daría en clase en caso de que alguien me viera llorando y me preguntara "Qué te pasa". Le diría que tendría que estarle hablando durante cinco años seguidos para explicarle lo que me pasaba.
Escribí el discurso. Decía algo así:

"Apenas unas palabras formales son las que la relacionaron pobremente conmigo durante toda mi vida. Apenas unas órdenes de madre son las que la relacionaron con sus hijos durante toda su maternidad. Apenas unas obligaciones que cumplir y unas costumbres irrompibles son las que guiaron su monótona actividad durante los años que ella vivió. Nadie le daría importancia a una persona que quiere pasar desapercibida, haciendo como que no se da importancia a sí misma. Nadie se preocuparía por alguien que sólo defiende unos principios y no se mete con nadie. Su muerte sería la pérdida menos lamentable del mundo para cualquier otra persona a juzgar por su interferencia voluntaria. Pero hoy estamos aquí para eso, para juzgar cómo intervino ella en nuestras vidas sin quererlo, para darnos cuenta de quién acabamos de perder.
Esta mujer que hoy yace entre nuestras lágrimas fue una mujer que nunca se quejó absolutamente de nada, una mujer que agradeció desinteresadamente cada gesto y que nunca pidió nada a cambio. No esperaba nada especial de la vida, sólo cumplía con su obligación y desarrollaba el papel que le había tocado vivir. Esto puede sonar muy anodino, pero es todo lo contrario. A diferencia del resto de las personas, que nos pasamos la vida luchando para ser recordados, para llamar la atención, para que se nos tenga en cuenta, para merecer algo, ella era silenciosa. Asumió desde el principio su posición y lo único de lo que abusaba era del conocimiento. Siempre estaba leyendo libros, siempre estaba pensando y valorando la cultura. Decía que cuando sabes algo, nadie podrá arrebatarte ese conocimiento ni manipularte, que la sabiduría y el estudio eran la única manera de salvarse de la ignorancia, de la decadencia y de la pérdida de la identidad, de la voluntad, de la vida. Dejó escrito que prefería vivir escuchando y sin hablar que vivir hablando sin ser escuchada.
A veces alardeaba un poco de su conocimiento sobre ciertos temas y nos corregía a todos como si su postura fuera la única, incluso podía ser molesta cuando utilizaba todos los argumentos que tenía para defender sus teorías, pero haciendo memoria, no recuerdo una sola vez en que no tuviera razón cuando hablaba. Las pocas veces que hablaba decía la verdad, y por eso puedo decir que fue la única persona con libertad que he conocido hasta el momento. Solía utilizar esa frase de la Biblia, de no sé qué evangelio, que decía: "La verdad os hará libres".
Cada uno de nosotros tenemos hoy una razón para sentirnos vacíos, cada uno la suya, yo la mía.
A mí me enseño, y no creo ser el único, valiosas lecciones sobre el comportamiento de las personas, sobre lo que merecemos y dejamos de merecer por nuestras acciones, sobre cómo debemos respetar a las otras personas aunque no nos gusten sus ideas, porque nosotros también queremos ser respetados, sobre la educación, que es la única moneda que tiene valor.

Pero lo que me duele más de su pérdida no es el hecho de que ya no nos vaya a enseñar más cosas sobre la vida. No me duele el hecho de no tener a nadie que me dedique silenciosas miradas de complicidad cuando nadie entiende lo que digo. Lo que hoy me duele es la madurez con que asumió su resignación y su incapacidad de manifestar los deseos que nunca manifestó. La templanza con que nos ocultó sus deseos de volar y ser libre de verdad. Es cierto que parecía una mujer complacida, que no necesitaba nada más para ser feliz, que se conformaba con lo poco que tenía y que no era ambiciosa. Pero yo sé que esos deseos existían en ella. Sé que le habría gustado decirnos todo lo que no nos dijo en vida, que le habría encantado viajar a alguna parte donde extender su cultura y ser partícipe de algo productivo a gran escala. Sé que ella también tuvo esa necesidad humana de contribuir al bien común y de ser recordada por sus méritos, pero las barreras sociales siempre fueron muy gruesas.
Ella pasó desapercibida por la misma razón por la que nosotros hoy llevamos gafas de sol con el fin de que nadie vea nuestros ojos llorosos. No queremos mostrar nuestros sentimientos, ni que nadie nos vea desmoronados como personas, porque lo perderíamos todo. Dar imagen de sensibilidad y de fracaso emocional no es bueno para la posición social, y eso lo sabemos muy bien.
Pero tampoco tenemos por ello que entenderla como una víctima de la resignación. Tenemos que entenderla como alguien que sabía lo que hacía y conocía su incapacidad para hacer algo imposible. Tenemos que comprenderla como alguien cuyo amor hacia los demás se vio mostrado en no ser un estorbo sino sólo un apoyo.

Si de algo tiene que ser protagonista, que sea del silencio con que nos enseñó una manera admirable de vivir.
Si de algo tiene que estar orgullosa, que sea de sus logros involuntarios sobre nuestras mentes que reposan bajo la sombra, esperando a ser alimentadas.
Y si de algo tiene que ser víctima, que sea de la libertad, que es la única palabra digna de llevársela entre sus brazos y de iluminarnos desde el cielo para guiar nuestro camino hacia la verdad."


Un discurso en el que casi no pude hablar porque tenía la nariz taponada y los ojos chorreando. Gasté tres paquetes de pañuelos durante la pronunciación y otros dos después de recibir algún que otro abrazo de compasión inmerecida.
Recuerdo que lo que más me dolió del sueño no fue pensar en su muerte de forma subjetiva, pensar que había perdido el poder de pensar y de hablar. Lo que más me dolió fue mi parte egoísta de pensar en su ausencia hacia los demás, hacia mí. El vacío que dejó en su casa, en su familia, en mí.

Ahora no sé, al despertar, por qué seguí llorando como si su muerte fuese real. Había mirado el reloj, la fecha, la calle, todo estaba normal. Pero yo me puse a llorar.
Es increíble cuánta carga emocional tienen las cosas que no han pasado, pero que sabemos que acabarán pasando. Y lo peor de todo es, sin duda, culparnos por no haber sido lo suficientemente agradecidos con las personas una vez que han desaparecido, incluso antes de que lo hagan.



Desde aquí mis agradecimientos por haber tenido la paciencia de leer la entrada entera y ánimo, que creo que esto sólo ha sido un sueño desagradable, aunque con mucho fundamento.

domingo, 11 de julio de 2010

Etimología del insomnio

(Entre tanta "psicología" y tantas pajas mentales, pongo aquí un texto algo más literario...)

Daré otro trago a esta botella de ginebra que tengo sobre la mesa. Está asquerosa, y el que diga lo contrario, es un alcohólico. No he bebido cafeína en todo el día, ni una coca-cola. Hoy me he levantado a las siete de la mañana, a pesar de que era sábado. Ahora son las tres de la madrugada, veinte horas después. En los días anteriores he dormido poco, y ahora mismo me convendría tirarme sobre la cama y descansar hasta que los rayos del sol me vuelvan a despertar. Hace calor y yo aquí bebiendo alcohol. Me suda el trasero, me suda el pecho, me sudan las manos, los dedos, los ojos. Las gotas de sudor se deslizan por mi cara tras abandonar unos ojos que no sé si lloran por el sueño que tengo o porque estoy escuchando a Coldplay ("lights will guide you home..."), diciéndome que todo saldrá bien y que él estará cuando yo no pueda seguir sin ayuda. Lo que olvida es que yo no soy una chica con la que se puede acostar. Aunque posiblemente ese sea el encanto de Coldplay, que sus canciones te hacen pensar, seas quien seas, que tú también eres una chica que necesita muestras de consuelo y masculinidad.
Las gotas saladas llegan hasta mis labios. Eso me encanta. Es agradable sentir el agua de uno mismo, el sabor salado que generan los ojos de uno mismo, es como un auto-beso mojado. Un auto beso que nadie más te podrá dar. Un amor hacia uno mismo que nunca será comparable con un amor procedente de alguien ajeno. Esa sensación de auto amor es la que te dice que eres fiel a tus principios aunque nadie más esté de acuerdo. Es la que te dice que sigues perteneciendo a algo, aunque ese algo sólo sea tu pensamiento. Me duele el cuello, me duele la cabeza y mi presión sanguínea me va a reventar las cervicales de un momento a otro. Debería dormir ya. Debería adoptar inmediatamente una posición horizontal con la que relajarme y acomodarme, pero no puedo. No quiero. Es extraño esto. Prefiero seguir despierto hasta donde me aguante el cuerpo, que dormirme y despedirme del hoy de hoy, para no saber cómo enfrentarme mañana al mañana, sabiendo que lo que hoy está en mi poder, "estuvo" ayer en mi poder, el cual no podré recuperar. Sé que el momento actual se perderá igualmente, pero al menos quiero conservar hasta donde me sea posible esa sensación de poder. Igual que la frase de "algún día nos reiremos de esto". Pues bien, no quiero que llegue ese día, porque todavía estamos en "esto", y no quiero perdérmelo. Cuando ese día nos riamos de aquello, sé que lo haremos con gusto, pero también con una sensación insoportable de melancolía, nostalgia e irremediabilidad.
Quizá se resuma en todo esto el miedo de las personas a la muerte. No quiero dormirme porque no sé lo que pasará después, no sé qué será de mí mientras no estoy despierto para ver lo que pasa. Suena hasta raro.
Vivimos, vives, vivo obligado a decidir cada día entre quedarme en la cama o levantarme. Obligado a decidir si me quedo bajo mi techo protector o salgo ahí afuera a enfrentarme a quien sea, a lo que sea, utilizando mis recursos y asumiendo las consecuencias. Vivo obligado a elegir mi postura frente al mercado, a elegir si pensar que está mal porque priva a las personas de su libertad o pensar que está bien porque nos permite hacernos con la personalidad que nos agrada más. Vivo obligado a decidir hasta qué punto quiero luchar por mis objetivos; obligado a ponerme unos objetivos y a dar la imagen de que los cumplo, porque esa imagen también me ayudará a cumplirlos.
Vivo obligado a apreciar mi vida como si fuera mía, sabiendo que yo ni elegí tenerla ni trabajé para merecerla. Sé también que no me pertenece porque me será arrebatada como a todos los demás, y que lo que haga desde mi principio hasta mi fin no influirá en mí nada más que durante el tiempo que yo esté vivo para ver los reflejos de mi actividad. Pero después nada importará, nadie se acordará de mí, y aunque así fuera, yo ya no podré saberlo, ni podré agradecerlo.
Algunos dicen que a lo largo de nuestra vida trabajamos y actuamos para demostrar que realmente la merecemos. Pero paradójicamente también la perdemos de la misma manera que los que merecen la muerte. ¿Cómo sé que yo no la merezco, si a todos nos es impuesta? No lo sé.
Por eso no quiero dormir, por eso no me suicido. No quiero anticipar algo que no quiero que llegue.
Aunque de forma práctica esa postura también es un inconveniente, por ejemplo, a la hora de cumplir con mis obligaciones. ¿Quién no ha estudiado alguna vez a última hora, por ejemplo?
El caso es que también puede ser influyente el hecho de que me gusta más vivir de noche que de día. Puede que la noche se parezca más que el día a mi manera de vivir, mi individualismo, mi proteccionismo, mi interiorismo, forjado por las diferencias irremediables con los que me atacan desde fuera, es decir, con los que viven de día, porque hay luz y la oscuridad se la lleva el sol.
Preferiría morir de manera accidental que dormirme por mi propia voluntad, aunque si soy realista, debería saber que la ginebra me está empezando a dilatar los vasos sanguíneos y que de un momento a otro apoyaré la cabeza sobre la almohada con el único objetivo de descansar el cuello, aún sabiendo que acabaré dormido.

viernes, 9 de julio de 2010

"Todo el mundo" (2ª parte)

"...todos los hombres necesitan ser comprendidos, amados y pensar que no están solos en el mundo".

Realmente es algo muy bonito de decir. Es muy agradable escribir que estamos equivocados cuando el argumento que se utiliza es el del amor, la convivencia, la comprensión y la psicología individual de cada persona. La libertad y la seguridad que son inversamente proporcionales, el amor y el odio, que son diferentes colores del mismo sentimiento manifestado hacia los demás desde uno mismo; el azul que, si no tuviera un amarillo con el que contrastar o un violeta con el que emparejarse, no podría definirse como azul.
Esto último de los colores es una simple y burda metáfora que se me acaba de ocurrir, pero ahora mismo estoy descubriendo cuanta importancia tiene su comparación. Me explico.
Aplicado a rasgos genéricos, este concepto se puede definir paralelamente cambiando de objetos, es decir: "Si no tuviéramos alguien a quien odiar o un amigo con el que corroborar nuestras ideas, no podríamos definirnos como únicos"; no podríamos nombrar nuestra identidad como nuestra, nuestras características no serían nuestras, y nosotros no seríamos dueños de nuestra propia identidad, incluso seríamos responsables de nuestros actos.
Sí, he dicho bien. Si no tuviéramos identidad, seríamos responsables de nuestros actos. Por eso confirmo que en un mundo y una sociedad como esta a la que pertenecemos, en esta situación en la que nos encontramos, es gracias a nuestras diferencias y similitudes que tenemos una identidad y, por consiguiente, NO somos dueños de nuestras decisiones, no somos responsables de nuestros actos ni de nuestros sentimientos.

¿Por qué?

Claro que a todo esto me refiero éticamente hablando. Quiero decir que no somos dueños de nuestras decisiones precisamente porque tenemos una identidad que defender y que definir. Para seguir siendo nosotros, tenemos que conservar y actualizar nuestra apariencia (con nuestro físico y con nuestras acciones) para que los demás, cada vez que la vean, sigan sin tener una duda de que seguimos siendo nosotros. Tenemos que labrar una ideología, unas costumbres, unos gustos, unas reacciones que se van haciendo típicas de nuestra personalidad, en cuya consecuencia los demás, en función también de su personalidad y de su fenotipo adquirido, verán si son compatibles o no con nosotros.

Si no es éticamente hablando, es decir, de manera real y objetiva, aunque nuestros actos y nuestras decisiones estén completamente guiados por lo que nosotros mismos hemos definido en un patrón personal de diferenciación y razón autodirigida, la realidad es la que es y tenemos que ser capaces de analizarla de la manera que más se acerque al "punto de vista medio de cada persona", es decir, la medida exacta que garantice que ante un juicio emitido de forma general, estarán de acuerdo una cantidad de personas mayor que en caso de que dicho juicio fuera otro. Por eso hemos inventado la justicia, las leyes, los derechos, las obligaciones, y todas esas normas burocráticas que encauzan los límites de nuestro comportamiento en sociedad.
Para explicar todo esto, pondré el primer ejemplo que se me ha venido a la mente, aunque no sea muy agradable de recordar (trata de una entrada anterior de mi blog, acerca del 11-M):

Los hechos reales son que unos terroristas han puesto unos explosivos en un medio de transporte público, y en consecuencia, han muerto cientos de personas. Ese es el hecho físico, es decir, algo innegable y demostrable por todos los medios. Ahora, vamos a ver las distintas caras subjetivas de esa moneda real.
Desde el punto de vista de las víctimas, o personas relacionadas, el hecho en sí será condenable, porque las personas que han muerto han perdido su vida de forma injusta, han sido asesinadas.
Desde el punto de vista de alguien ajeno, lo más frecuente será también condenar el suceso y a sus autores, dado que por naturaleza tendemos a ponernos del lado de las víctimas, y nos resulta injusto lo que han sufrido, ya que podíamos haber sido nosotros, porque pertenecemos al mismo sector de la población (el sector civil).
Pero, ¿y qué pasa con los autores? Claro que un atentado terrorista nunca es justificable, pero si nos paramos a pensar en los autores, desde su punto de vista, lo que han hecho ha estado bien. Para eso existe también una cosa llamada educación. Los autores tienen unos principios, un sistema y unas ideas que, para conseguir unos objetivos, les han llevado a actuar de una manera que ellos consideraban efectiva, ética y poco reprochable.
Por eso hablaba yo de la igualdad de todos los hombres en caracteres psicológicos. Ninguna persona actuará nunca en contra de sus propios principios. Si los terroristas no consideraran ética y "buena" su forma de actuar, no serían terroristas. A ellos también hay que comprenderlos (no perdonarlos, sino comprenderlos).

Pero la realidad sólo es una, y como comprobante de mi teoría, se aplican las medidas con las que la mayoría de las demás personas estarán de acuerdo. Decía yo en mi entrada "debemos estar única y exclusivamente del lado de las víctimas", y es verdad. Debemos reducirnos a los hechos físicos y demostrables, y olvidarnos de nuestras otras diferencias, como las ideologías.
Por eso, cuando se intenta hacer lo correcto, se tiende a generalizar y a maximizar. Me explico.
Aunque sea cierta la frase "no siempre lo que dice la mayoría es lo correcto", sí es verdad que a la hora de juzgar un hecho, si interpretamos que ese hecho está sucediendo en todos lados, podremos emitir un juicio justo y apropiado.
Al morir cientos de personas en un atentado terrorista, si interpretamos que TODAS las personas del mundo pueden morir en un atentado terrorista, consideramos que ésa es una muerte injusta, y por tanto, incorrecta, lo que nos permite concebir como negativos los atentados terroristas. Cuando una persona está hablando en un sitio público donde hay más personas, es posible que haya al menos una persona que se sienta molesta al oír a la que habla. Por tanto, si interpretamos que hablan todas las personas, podríamos llegar a la conclusión estadística de que todas las personas se sentirían molestas, determinando así que el hecho de hablar en un lugar público es un gesto de mala educación.
Si entendemos que cuando una persona se cepilla los dientes tendrá la boca más limpia, evitará enfermedades e infecciones y resultará más agradable a la hora de relacionarse presencialmente con otras personas, podremos generalizar que todas las personas se cepillan los dientes para entender que el hecho de cepillarse los dientes con cierta regularidad es bueno para la mayoría de las personas.

Así podría seguir con un montón de ejemplos. Claro está que no tengo estudios al respecto ni soy un profesional en estas cosas, pero creo que esta teoría se podría aplicar en todos los juicios habidos y por haber. De todas formas haré la prueba cada vez que me acuerde, a ver si me he equivocado.


Con todas estas cosas quiero decir que debemos respetar a los demás, aunque sólo sea por comprender que también son personas, que tienen sus propios pensamientos y sentimientos, y tienen tanta importancia como nosotros. Que un hecho sea condenable por todos los jurados del mundo y esté globalmente aceptado que está mal, no quiere decir que no tengamos que comprenderlo y comprender por qué se ha hecho. Todo tiene una razón y una justificación.
Por ello quiero resaltar la imagen de lo que podría ser la comprensible resignación que también podemos aceptar en el mundo capitalista, individualista y hostil al que decía en la primera parte de esta entrada que estamos condenados a enfrentarnos por la condición consumista y desacordada que hemos adquirido, no siendo por ello reprochable que nos resignemos a vivir nuestra vida del modo que nos sea posible en un mundo donde no tenemos tantas posibilidades como se nos hace pensar.


Un saludo a aquel ó aquella que haya disfrutado de las dos partes de "Todo el mundo" y, una vez más, gracias por leerme y por interesarte por las pajas mentales que acaparan mi cabeza.

viernes, 2 de julio de 2010

"Todo el mundo" (1ª parte)

Todo el mundo debería ser feliz. Todos deberíamos pasarnos el día cantando canciones alegres, expresando nuestra euforia. Todos deberíamos ayudar a los demás continuamente.
En la sociedad actual todo está pensado para que seamos felices. Todo está diseñado para complacernos, para acomodarnos, para hacernos vivir bien, al máximo, a todos. MENTIRA.
Ciencias aparentemente tan aburridas como la economía, la sociología, la psicología y la política son las únicas que nos pueden salvar del desagüe sin fondo que nos amenaza, o al menos nos pueden ayudar a comprender cómo colocarnos para que la caída sea lo menos dolorosa posible.
A veces resulta aburrido leer y escuchar a tantos catastrofistas hablando de que todo es un engaño, de que somos víctimas de la parte mala de nuestra propia conciencia y que estamos destinados a un final cruel por el que nadie va a derramar una lágrima. Puede ser. Puede ser molesto que cada vez se hable más de la desgracia que nos acecha a todos en los años del futuro de cada uno. Puede causar incomodidad el hecho de pensar que el misterioso y azaroso destino nos ha reservado a cada uno un final personalizado en el que cada cual será menos afortunado que el anterior en caer, porque todos "acabaremos pagando por nuestra culpa". ¿Qué culpa? Podemos ser culpables por dos cosas: Por causar el mal, por contribuir a esta desgracia común de la que voy a hablar, participar en el maléfico trazo de la mano que dibuja el futuro, ser parte de la trama... o culpables por no hacer nada. Esa puede ser una culpa mayor. Sí. No hacer nada. ¿Pero qué podemos hacer, si a escala individual somos completamente insignificantes? Y una mierda. Lo mínimo que podemos hacer a escala individual es darnos cuenta de lo que pasa. Indagar un poco, mostrar algo de curiosidad. Luchar contra nuestra pereza.
Ya no hablo de luchar contra la corriente -aunque hay quien lo consigue-. No hablo de intentar cambiar el mundo, ni si quiera de cambiar a los demás, ni de cambiarse a uno mismo. Simplemente hablo de que la mayor parte de la culpa no reside en aquellos que idearon el sistema de la ruina total, ni en los que por miedo decidieron contribuir a su construcción. Hablo de que la CULPA reside en todos aquellos -que son la mayoría- que nunca lucharon por descubrir de qué eran víctimas, quién decidía por ellos, para qué estaban ellos dondequiera que estuvieran, de qué formaban parte.
Tú mismo. ¿Te has parado a pensar de qué formas parte? A ver... formas parte de... una sociedad basada en el capitalismo compulsivo en el que cada persona sólo es capaz de luchar por sí misma, pensando en su propio beneficio, trabajando para su propio bolsillo, para lograr engrandecer sólo su propia imagen. ¿Qué cruel suena esto, verdad? ¿Cómo es posible que las personas sean tan insensibles, tan egoístas? Igual estoy generalizando demasiado, dramatizando.. pues no. Incluso estoy intentando contener la ira de mi certidumbre sobre lo que no sé si es un océano o un abismo. El hombre es cruel. Eso sí es generalizar.
El hombre se ha vuelto cruel a lo largo de la historia, pero todo empezó en un lejano momento. Así a rasgos generales, podemos entender que el hombre, que desciende de las ramas homínidas de los primates, empezó a desarrollar su cultura una vez que aplicó su inteligencia mental para almacenar sus logros y tener tiempo de investigar otros. Los humanos empezaron a construir armas para cazar, utensilios para sacar más partido a los alimentos, aprendieron a almacenar comida, a protegerse de los peligros de la naturaleza, a comunicarse... así poco a poco nació una población creada por grupos primitivos que se ponían de acuerdo para sobrevivir en comunidad. Poco a poco la reproducción se fue optimizando, la raza humana se expandió, empezó a evolucionar. Entonces el territorio se quedó pequeño. Las zonas fértiles y atractivas empezaron a ser disputadas y se nos ocurrió crear sistemas de organización más complejos para ser capaces de repartir los bienes existentes de forma justa y comprensible. El que tenga más fuerza se queda con lo que hay. Los grupos empezaron a armarse, a crear consecuencias ofensivas contra otros miembros de su misma raza y así empezó la propia competencia entre los hombres. Es difícil saber en qué momento el hombre adquirió conciencia de sí mismo. Posiblemente en el momento en que comenzó la escritura. A nivel de evolución, en todo el reino animal, el instinto se va cambiando por conciencia, proporcionalmente. Los insectos, desde que nacen, ya saben cuál es su trabajo y cómo lo tienen que hacer. Poco a poco, las especies se van sofisticando hasta llegar al hombre. El hombre es el último eslabón de la cadena evolutiva, y por tanto, es el mayor ejemplo de esta inversión del instinto. Los humanos somos los seres que más tardamos en ser físicamente independientes. Somos los que más tardamos en conseguir nuestro propio alimento, los que más dependemos de nuestra madre. Apenas sabemos respirar y tragar cuando a nuestras alturas, otros animales ya saben distinguir el peligro a distancia. Ahí está la razón de todo. En consecuencia, estamos completamente desprovistos de instintos. Es demostrable. Pero, como he dicho, ahí está la razón de todo. Psicológicamente somos unos dependientes. Desde que somos pequeños, al igual que el hombre en sus primeros siglos de historia, actuamos en función de los estímulos que nos llegan del exterior, ni si quiera tenemos conciencia de nosotros mismos. No hace ni tres mil años que el hombre aprendió a tomar conciencia de sí mismo. Poco a poco aprendimos a diferenciarnos de la naturaleza, a asumir que somos entes capaces de obrar, capaces de elegir entre las determinadas consecuencias de nuestros actos.

[Y por favor, lo digo desde ya, que no quiero ser ningún copiota. Esta entrada es total y literalmente mía, este texto ha sido enteramente redactado por mí, pero quiero remitir estas ideas sobre la libertad, la conciencia, la evolución psicológica del hombre en la historia y la sociedad al psicoanalista y escritor Erich Fromm y a su ensayo sobre El miedo a la Libertad del hombre a partir de los años cincuenta, cuando fue escrito su libro. Gracias de corazón y compréndase que esta es una aplicación a mi propia visión del mundo de las sabias palabras de este autor]

Y aquí está precisamente el cambio, la evolución, la diferencia. En esta reacción se resume todo. Cuando adquirimos conciencia de nosotros mismos, aún de manera primitiva, se despertó en nosotros algo muy básico, pero a la vez muy decisivo. Conceptos tan grandes como la libertad, la seguridad, el miedo, la tranquilidad... Resulta que nos dimos cuenta de que todos los hombres, todos los animales, todas las criaturas sobre la tierra, tienen que morir de la misma forma en que nacen. Nosotros no hemos elegido nacer, ni tampoco podemos elegir morir (o no morir). Si no nacemos no moriremos, pero si somos capaces de pensar todo esto, es que existimos, y por tanto, es que ya hemos nacido. Es por eso que todos caemos en la certeza de que vamos a morir. Antes o después, pero vamos a morir.
Algunas culturas inventaron una cosa muy guay llamada religión. Una idea que nos garantiza que no vamos a morir, o que al menos la muerte no supondrá el fin de nuestra conciencia, que es lo único que valoramos, porque es lo que somos. La religión es esa idea que nos dice que aunque nos llegue la muerte, aunque nuestro cuerpo se pare y se enfríe, nuestra mente/alma/conciencia seguirá activa. Esa mente, esa conciencia, que es lo que utilizamos para pensar, para juzgar, para discurrir. Es lo único que tenemos. La muerte nos daría el mismo miedo si nos dijeran que nuestro cuerpo va a sufrir un transplante de cerebro. Físicamente todo seguiría igual, pero nosotros, nuestra cabeza, nuestras ideas, nuestra conciencia, nuestro descubrimiento constante de presencia, nuestra capacidad de saber que estamos ahí, se irían a la mierda. Dejarían de existir. ¿De qué serviría conservar el cuerpo si las ideas y los sentimientos, que son lo único que tenemos y lo único por lo que luchamos, se van a ir al traste? Es eso, la mente, la cabeza. Tiene muchos nombres.
El caso es que el hombre se vio aterrado cuando recibió esa conciencia de sí mismo -autoconciencia-. Una conciencia cuya pérdida no podía asumir bajo ningún concepto. Así hemos vivido durante muchos años hasta el final del feudalismo. Durante esa época, los hombres todavía se concebían a sí mismos como componentes de una clase social a la que pertenecían por naturaleza y de la cual no se podían mover. Realizaban su trabajo, sus obligaciones, y morían en paz. Poco a poco, con la evolución del comercio, de la especialización... la competencia y el individualismo empezaron a cobrar importancia. Los gremios se disolvieron en grupos independientes de comerciantes que se hacían la competencia entre sí para ganar más dinero, porque el capital también empezaba a ser importante. Las relaciones desinteresadas de ayuda comunitaria de unos a otros se convirtieron en hostiles luchas por la popularidad y el éxito. Esto se sigue llevando en nuestros días.
Nacemos y somos "educados"; se nos introducen unos principios, unas normas, unas reglas, unas obligaciones... unas mentiras. Se nos hace creer que una determinada idea es LA idea general, la verdadera. Nos llevan a pensar que una determinada forma de pensar o de actuar es LA oficial, la única, la verdadera. Eso es algo muy positivo para la globalización, pero individualmente es una putada para todos. Aquí está el otro dilema. Pensar en uno o pensar en todos. Capitalismo o comunismo. Puede que no sea la mejor comparación, pero es real.
Cuando vamos por la calle y vemos que la mayoría de la gente lleva las mismas zapatillas, que todos se transportan con los mismos medios, que todos utilizan los mismos productos... ¿cómo sabemos que la globalización significa el alcance de los máximos niveles de evolución y comodidad, y que no es en realidad una consecuencia nefasta de la implantación de estereotipos, fruto de un sistema económico en el que la única religión es el máximo placer al precio más asequible? ¿Cómo sabemos que todos compramos el rojo porque a todos nos gusta el rojo, y no porque todos los que compramos de rojo tenemos el mismo poder adquisitivo, distinto al de los que compran de azul o de amarillo? ¿Cómo sabemos que nuestro aspecto exterior es reflejo de nuestra personalidad, y no al revés? No lo sabemos.

Por eso puedo resultar incómodo, y por eso puedo parecer catastrofista. Porque sigo siendo de los que piensan que los hombres ya no tenemos ni personalidad, ni principios, ni escrúpulos, ni si quiera conciencia. Sólo somos máquinas que producen y trabajan para conseguir un dinero con el que pueden adquirir unos productos y una apariencia que, en contraste con la de los demás, nos hará sentir mejores, no hacia nosotros mismos, sino hacia los otros. Todos los indicios apuntan a lo mismo.
Como indica Erich Fromm en su libro "El miedo a la libertad", y como afirman muchos pensadores famosos a lo largo de la historia, así como filósofos, políticos, sociólogos y pacifistas, y en conclusión, así como yo insinuaba en la entrada anterior: la seguridad es inversamente proporcional a la libertad. Y es por eso que nos hallamos tan atados en nuestro mundo de aparente felicidad, en nuestro mundo lleno de falsedad y de hipocresía.
La seguridad es inversamente proporcional a la libertad porque para ser libres necesitamos desatarnos de las cosas que precisamente nos aportan seguridad. Para poder elegir necesitamos arriesgarnos. Si no arriesgamos nada, no tendremos nada que elegir. Para ser libres necesitamos deshacernos de aquello que nos encadena y que no nos deja movernos; para ser libres necesitamos despedirnos de las cosas que nos mantienen atados a una situación determinada. Y exactamente al revés. Para estar seguros, necesitamos renunciar a nuestra ambición y a nuestra libertad.
Pero si ahora nos situamos en el tiempo, ¿qué seguridad nos puede quedar en un mundo en el que nos hemos deshecho de todo el amor con que nacimos? Psicológicamente hablando, ¿a qué seguridad o a qué tranquilidad podemos optar si el sistema económico en el que vivimos nos ha enseñado que estamos solos frente al mundo?
Ese era el primer dilema, la soledad. Ya se me había olvidado. Justo cuando escribía sobre el descubrimiento primario de los hombres sobre la muerte, lo tenía que haber nombrado. Pues bien, esta es una reacción psicológica que el hombre posee históricamente a raíz del instinto que tiene como objetivo único la supervivencia.
Cuando el hombre sabe que tiene que morir, no tiene nada que conservar. Por no tener, no tiene ni esperanza. Algo tendremos que necesitar para sentirnos tranquilos cuando estamos solos. Es precisamente eso: lo contrario a la soledad. Lo contrario a la soledad física, que en pequeños plazos de tiempo nos hace sentir desarraigados. Necesitamos compañía. Pero además, necesitamos lo contrario a la soledad moral. Sentir que nadie nos comprende, que no pertenecemos a nada, dudar de nuestras propias ideas, del trabajo que nosotros mismos hemos realizado. Esa es la soledad que más miedo nos da a las personas del mundo actual. Necesitamos amigos, amantes, familiares. Lo que sea para tener la sensación de que no estamos solos. Algunos siguen recurriendo a la religión. Piensan que Dios les arropará cuando vayan al cielo y perdonará todas sus faltas porque ellos no eran dueños de su libertad. Otros se arropan en pertenecer a un grupo de amigos o a una ideología determinada en la que son valorados (aquí se puede ver un perfecto ejemplo en el que se sacrifica la libertad para conseguir seguridad; cuando las personas pertenecemos a algo o a alguien, perdemos la libertad y nos sometemos a la manera de actuar y de pensar del grupo en el que estamos, y éste a cambio nos concede la sensación de que somos importantes en un mundo en el que nadie se va a preocupar por nosotros). Pensamos que comprando los productos de moda estamos más integrados en la sociedad, incluso aunque no haya nadie para ver lo chulos que somos. Nosotros mismos, delante del espejo, nos autoengañamos cuando hablamos bien de nosotros mismos. Las señoras mayores se autoengañan cuando piensan que parecen menos gordas si se compran una chaqueta de campana, y están convencidas de que consiguen engañar a los demás cuando lucen en público su nuevo complemento de moda. Lo mismo le sucede a un hombre cuando compra un coche o utiliza una nueva espuma de afeitar. Nos hemos vuelto dependientes de nuestro propio juicio, incluso antes que del de los demás. El autoengaño es más común que la hipocresía hacia los demás. Es alarmante. A veces incluso nos sometemos a nuestra propia privación de la libertad para conseguir un sentimiento de seguridad que creamos para nosotros mismos, entendiendo que estamos a salvo en una esfera de ceguera que nosotros mismos nos hemos construído, aunque no seamos conscientes de ello.
Después, para ocultar estos casos de autoengaño y esta sensación de crueldad de la humanidad en la que todos somos voraces depredadores que se matan por conseguir algo que alivie su sensación de soledad y de inseguridad, para ocultar una imagen de odio hacia nosotros mismos, hemos inventado el amor. El amor se produce, a mi entender, cuando apreciamos a una persona más que a nosotros mismos, aunque sólo sea en un aspecto determinado. Es admiración, es envidia constructiva. Amor hacia un carácter determinado que creemos que en una persona ajena se ha desarrollado mejor que en nosotros. Como consecuencia de ello, dicha persona nos atrae, porque tenemos la curiosidad de ampliar nuestro conocimiento sobre ese carácter que nos atrae.
Pero todo esto del amor y del odio, sólo son, en conjunto, excusas para conseguir a toda costa esos pequeños logros que juntos harán que nos sintamos bien con nosotros mismos, pensando que los demás nos aman, nos entienden, o nos ven bien, como pretendemos que hagan, pero es todo psicología. Un potente sistema que hemos ido construyendo poco a poco para pensar que no llegaremos solos a la muerte, para creer que nos hemos alejado de esa idea y que habrá alguien que llore cuando nosotros no estemos. Nos pasamos la vida luchando para que cuando nuestro fin llegue, haya al menos una persona que se vista de negro y que piense en nosotros cuando ya no estemos ahí delante para pronunciar una sola palabra. Algunos ocultan este deseo, se vuelven individualistas, dicen que no necesitan a nadie... pero te puedo asegurar, desde lo más sincero de mi experiencia y mi juicio, que hasta el más arisco y amargado de los hombres que existen sobre la tierra necesita ser amado, comprendido y estar convencido de esa idea, de que no está sólo.

sábado, 26 de junio de 2010

La vida es como un vuelo, un flight.

Durante la gestación, vamos cargando el equipaje y la tripulación. Nosotros somos el comandante. Cuando nacemos, despegamos, en busca de un rumbo. Poco a poco, en los primeros años, vamos cargando combustible, nos vamos haciendo más fuertes, nuestro avión se transforma, evoluciona, crece, cambia de piezas. Todo esto en función de nuestra actitud frente al mundo. Durante nuestro proceso de educación, lo que hacemos es recibir informes por radio acerca de la meteorología, coordenadas, detecciones del radar, impresos cartográficos, todo aquello que nos servirá en el futuro para encontrar una ruta. A lo largo del ascenso, nos vamos encontrando con personas. Algunas de ellas se convierten en nuestros amigos y se meten dentro de la nave, esperando a que los auxiliares de vuelo, que son nuestra personalidad y nuestro sentido común, los coloquen en su lugar correspondiente. A los más pesados, los ponemos junto a las salidas de emergencia, por si hay que echarlos en un momento dado. El que tiene suerte se convierte en nuestro mejor amigo, entra en la cabina y pasa a ser nuestro copiloto, nos aconsejará sobre qué decisiones tomar y se quedará ahí dentro mientras le resulte interesante el rumbo que llevamos. Posiblemente este copiloto tenga vértigo y, a medida que adquirimos altitud, puede que intente hacernos descender, convencernos de la altura y el éxito no son para nosotros. En ese momento podemos obedecer y moderar la altitud, o echarle de la cabina y continuar con nuestra escalada.
Hay quienes no dejan de ganar metros, alejándose cada vez más de la superficie terrestre. En este caso, es difícil que tengamos buenos copilotos, porque la mayoría sólo se suben a aviones fracasados que vuelan bajo, de forma que siempre puedan ver el suelo y distinguir dónde se quieren bajar.
Otros llegan a una altitud y se quedan en ella, aprietan el botón de mantener la altitud, apagan el indicador de cinturones de seguridad y dejan que todo el pasaje se mezcle con ellos. Tienen una familia, un trabajo, una estabilidad asegurada de la que difícilmente podrán moverse. Con un poco de suerte se enrollarán con la más guapa de las azafatas en el armario del capitán, es decir, conseguirán hacer algún descubrimiento con ayuda de su conciencia. Y si la suerte continúa, esa azafata, llamada talento, dará descendencia en forma de algo comercialmente atractivo. Un libro, una canción, cualquier cosa.
Durante la juventud volamos sobre tierra. Tenemos la seguridad de que si alguna vez nos fallan los sistemas de orientación, o se nos acaba el combustible, o la cabina de pasajeros se queda vacía y necesitamos bajar un poco para captar clientela, siempre habrá algún lugar donde aterrizar. Esa es la seguridad de la juventud. En el peor de los casos, tendremos que saltar en paracaídas, y caeremos directamente sobre la cama de nuestros padres, que nos arroparán y nos comprarán un avión nuevo.
Una vez que la juventud se acaba, o nos independizamos, o nuestros padres desaparecen, es cuando comenzamos a volar sobre el mar. La línea de la costa empieza a quedar atrás y las turbulencias se empiezan a notar. Alguna que otra borrasca, una tormenta por aquí, una despresurización por allá, pero con un mecánico llamado dinero, podremos reparar esas imperfecciones que pretenden derribarnos.
Es notable cómo las personas que vuelan a menor altitud, son las que tienen más amigos, más pasaje de baja calidad. Gente que ha pagado poco por su billete, porque su vuelo no va muy lejos. Y por el contrario, las personas que vuelan muy alto, o que ascienden a gran velocidad, son las que se van quedando solas. Los copilotos son cambiados continuamente, la mayoría no han sido instruidos para conocer las señales detectadas a esas altitudes. Los que no distinguen el norte del sur, se confunden con las nubes o no saben leer el manual de instrucciones. Lo que todos saben muy bien, es leer el indicador de velocidad vertical, el que nos dice si subimos o bajamos, y a qué velocidad. En cuanto ven que la cosa empieza a subir, se echan a temblar. Los que no salen por su propio pie, se los lleva el viento, pero casi todos desaparecen. Es muy difícil encontrar un copiloto (y mucho menos un pasaje) que se atreva a volar a gran altura. Los pasajeros necesitan mucho dinero para comprar un billete para nuestro avión, para un vuelo que apunta muy lejos. Además, también resulta arriesgado. Cuando uno vuela muy alto, la caída puede ser peor. El más mínimo fallo y adiós. Los que vuelan a ras del suelo tienen oportunidad de salvarse. Con un poco de suerte, el avión no se romperá al tocar el agua salada del mar, y alomejor alguien generoso tiene una balsa hinchable o un hidroavión con el que volver a remontar el vuelo. Pero a más de quince mil pies, es muy difícil salvarse. Los que decidan tirarse en paracaídas, morirán asfixiados por las deudas económicas de su imprudencia antes de alcanzar la troposfera. Los que se queden dentro, se estrellarán contra el mar junto con el avión, algunos morirán ahogados. Nadie se salva.
¿Qué diferencia hay entre unos y otros?
Dos palabras: libertad y seguridad.

Los que vuelan por debajo de los cuatro mil, prefieren la seguridad. La seguridad de que tormentas como una pelea o una ruptura, no acabarán con ellos. La seguridad de que siempre habrá alguien que les acompañe ante las dificultades. Un copiloto que les diga por dónde se sale de la zona de turbulencias, cómo esquivar el anticiclón, o dónde está la isla más cercana. Pero, ¿y la libertad? La libertad está muy limitada en los aviones mediocres. Avionetas bimotor, con capacidad para poco equipaje. Si tienen suerte, poseerán un tren de aterrizaje de dos ejes. No tienen azafatas, todo el mundo puede subirse al avión, hacer lo que quiera. No necesitan que nadie les aconseje. Su velocímetro sólo alcanza hasta los ciento ochenta nudos, quizá doscientos. Su pista de aterrizaje no tiene por qué tener más de ciento veinte metros, con eso es suficiente. No podrán alcanzar grandes velocidades, ni presumir de cobrar mucho dinero por los billetes, ni elegir su rumbo en la mayoría de las ocasiones, porque vuelan entre montañas que tienen que esquivar.
Los grandes de la aviación tienen alas de doce metros, sólo el combustible pesa más que un avión de los pequeños. Pueden elegir el rumbo que quieran, porque a una gran altitud, se puede ver todo el paisaje. Se puede ver lo que hay en cada lado, dónde acaba la costa, dónde empieza el amanecer, cuántas horas quedan de sol, cuántos aviones hay por la zona. Las tormentas se quedan por debajo. Ni si quiera los pájaros pueden asustarles. Algunos pasan desapercibidos, son silenciosos, pero hacen una gran obra por la humanidad. Otros hacen ruido y todo el mundo se entera cuando están pasando por encima. Esa es la libertad que tienen los grandes, a no ser que hayan sufrido algún daño en los sistemas de navegación o haya algún incendio dentro de la cabina, una espina clavada en el corazón, una disputa entre la conciencia y el tiempo. En cambio, la seguridad es casi ausente. Por eso pocos eligen elevarse tanto. La caída es más grande.
Lo que todos sabemos con seguridad es que nuestros vuelos acabarán en algún momento. El combustible y la empresa se acabarán y tendremos que dejarlo. Algunos aterrizarán en algún aeropuerto, se despedirán cordialmente del pasaje y volverán al desguace.
Otros menos afortunados tendrán un accidente y acabarán enfadados con sus amigos, su familia y consigo mismos, ya que los auxiliares de vuelo se quejarán de las maniobras que han llevado al vuelo a acabar en una catástrofe.
Pero precisamente ese balance final, el que decide si ha merecido la pena el vuelo, y si se ha hecho todo lo que se podía hacer, es la diferencia o el equilibrio entre las cuatro variables: vuelo bajo, aterrizaje; vuelo bajo, catástrofe, ó vuelo alto, catástrofe; vuelo alto, aterrizaje. De aquí se puede deducir cuál es la mejor de las opciones y cuál la peor.
Que alguien se pase la vida volando bajo seguro y se acabe estrellando, es muy deprimente, al contrario que pasarse la vida volando alto y buscando la libertad consiguiendo al final aterrizar correctamente y sin accidentes, lo cual tiene mucho mérito.


¿Es que nadie tiene curiosidad por ver lo que se ve desde ahí arriba? ¿Nadie quiere saber lo que se siente al notar el calor del sol en un día lluvioso, porque las nubes están por debajo? Claro que algunos no se atreven a asomar el morro un poco más allá, hacia las alturas.
Algo deberíamos aprender los humanos, que paradójicamente nos pasamos la vida volando en
aviones trasatlánticos y de gran envergadura sin haber probado nunca un bimotor de seis plazas.



...y decía Franklin: "Los que renuncian a la libertad por un poco de seguridad transitoria, no merecen ni la libertad ni la seguridad"... aunque todos tenemos derecho a volar.

domingo, 20 de junio de 2010

No necesitas ser perdonado. Necesitas ser comprendido.

Es extraño esto de publicar entradas en un blog. No sabes quién las va a leer. Alomejor tu profesor de física y química, alomejor tu amiga filósofa, alomejor la chica que te gusta, alomejor tu padre, alomejor alguno de tus enemigos... pero los blogeros lo seguimos haciendo porque, aunque después nos quejemos de que todo el mundo conoce nuestra vida privada, publicar lo que uno piensa es una especie de terapia, un consuelo, un tratamiento en el que escribimos de forma ordenada un pensamiento o una conclusión con la esperanza (o la ilusión) de que alguien al otro lado de la red lea en su pantalla lo que hemos escrito con nuestro teclado, a la espera de que esté de acuerdo con lo que expresamos, o al menos nos entienda.
Aquí va otra para ti, lector o lectora, por la que puedes juzgarme cuanto se te antoje, sacar tus propias conclusiones sobre mi vida privada, pública, mi personalidad, mi situación o lo que te de la gana, pero te digo una cosa antes de que empieces a leer mis parrafadas siguientes: todos los argumentos con que criticas a alguien son igualmente aplicables a tu persona; cualquier sentimiento de odio o rechazo que manifiestes hacia alguien es el que sientes hacia ti mismo, y todo el rencor que liberas contra cualquier persona es el que en conjunto la sociedad ha acumulado sobre ti. Todas las reacciones constructivas o destructivas hacia una persona (en este caso yo) son fruto de unos estímulos constructivos o destructivos hacia tí mismo que, con el tiempo, has ido guardando en tu interior y que de alguna manera deseas liberar en dirección a quien te ha influido en tiempos anteriores.
Bueno, me dejo de indirectas que, aunque sirvan para todo el mundo, sólo tú sabes que van por ti. Aquí te/os dejo otro trocito de mi mente al desnudo:


Últimamente he estado un poco deprimido/indignado por culpa de un cúmulo de factores que me han hecho entrar en decadencia durante unas semanas (a esto me refiero con parte de mi vida personal; sobre todo si me conoces, puede que sepas de qué estoy hablando, o con un poco de suerte, no); empecé a comer menos, a encerrarme a todas horas, a no querer saber nada de nadie, a odiar al conjunto de la sociedad y a odiar a cada persona individualmente, cada una por sus motivos, cada una por sus características, cada una en consecuencia de sus interacciones conmigo. Espero que escribir esto y los cambios que se avecinan con el verano eleven un poco mi estado anímico y sirvan para remover un poco las aguas turbulentas en las que ando hundido. No he tocado fondo, y espero no hacerlo nunca, pero tampoco creo estar en la superficie. Eso es lo que quiero. Asomar la cabeza y ver las nubes, respirar aire.
Las ideas me vienen a la cabeza pero no llego más que a poder ordenar la sintaxis de las frases. No puedo pensar en el orden global de todo el texto, aunque eso tampoco importa. Yo como José Saramago, todo junto y a leerlo del tirón, que es más intenso y se implica uno más.
Como digo, las ideas me vienen a la cabeza, una tras otra, ellas solas cuando quieren. Yo sólo hago de intermediario entre el fondo de mis emociones y el teclado. El lector y su cabeza harán el resto. Y, por favor, no pienses tú, lector o lectora, que nombrarte todo el tiempo significa que estoy escribiendo en función de lo que vas a pensar. Para nada. Sólo pretendo acordarme de ti y que veas que no me olvido de nada ni de nadie.
Ahora sí, iba por.. ah, sí, reproches. Reproches a muchas personas, a cada una de las personas a las que mi estado de ánimo culpa por estar como está. Reproches hechos por mi parte emocional hacia esas personas, y palabras hechas por mi parte racional de perdón, comprensión y concordia hacia esas mismas personas.
Sé que decir la verdad tal y como la entiendo me ha traído muchos problemas, y asumo que los seguiré teniendo, porque seguiré siendo como soy, aunque el resto del mundo intente cambiarme. Asumo que a veces la expresión de mis pensamientos resulte desagradable, asumo que se me llame amargado porque lo parezco al decir las cosas que digo, asumo que se me llame hijo de puta cuando intento reprimir lo que me parece una injusticia, asumo que algunas personas no quieran hablarme porque me he comportado como un auténtico desagradecido y porque yo tampoco quiero hablarme con ellas, asumo que nadie se interese por mi y comprendo los intentos de algunas pocas personas por aparentar que les importo y se preocupan por lo que me pase. Comprendo los sentimientos de respeto y admiración que fuerzan esas mentiras dichas y por decir. Asumo y comprendo, ahora enuncio.


Esto creo que irá por personas, pero no voy a decir nombres. Si me conoces y las conoces, sabrás quiénes son pero no podrás poner en mi boca palabras contra quien no he nombrado. Y si no me conoces, disfrutarás del descripcionismo que me embriaga cuando me pongo a recordar. Veamos qué tal queda...

[Ahora es cuando se supone que me quedo en blanco]

Tú el primero de no sé qué lista, porque no soy tan retorcido como para hacer una lista de esas de personas a las que uno suele pegar un tiro cuando encuentra un rifle tirado por la calle. Pero bueno, el primero de la lista. Me duele que te hayas ganado el primer lugar no sólo de mi lista, sino de la de muchas personas que han estado durante noches enteras sin dormir por tu culpa. La de personas que no habrían dudado en asesinarte cruelmente con un afilado cuchillo si por ello pudieran no ir a la cárcel, personas que han derramado lágrimas, que han sufrido ataques de tensión y problemas familiares por tu culpa, personas que se han sentido acosadas, espiadas y perseguidas por ti, como yo, que he cambiado la URL, el nombre y el diseño de mi blog, he borrado cuentas de correo electrónico, he privatizado muchos de mis perfiles y he intentado ocultarme en todos lados para que no pudieras espiarme pero conservando la libertad y mi derecho a escribir un blog público, aunque sé que me encontrarás igualmente. Sé que volverás a encontrar mi blog, sé que leerás esta entrada y sé que la copiarás en tu ordenador. Pero mira, me alegro por ti, porque con esto conseguiré que veas lo fracasado que eres, no por el hecho de leer mis insultos, sino por saber que son verdad. Con esto consigo que tú y todos los que lo leen sepan que te he descubierto, que a mí no me podrás engañar más y que no has conseguido ser tan infalible como pretendías. Tus compañeros de trabajo no te aguantan, y lo sabes, y sabes que a la mínima te quedarás sin trabajo, igual que te quedaste sin familia, porque decidiste trabajar de cara a un público formado por personas sobre cuyas vidas podías decidir, personas a las que podías tener agarradas por los huevos para demostrar lo poderoso que eres, personas a las que podías extorsionar, intimidar, acosar, hacer la vida imposible. Por suerte yo no he sufrido intimidaciones, ni extorsiones ni amenazas por tu parte, pero sé todo lo que haces, lo que has hecho y lo más importante: por qué, aunque eso ya es algo más privado que contaré cuando puedas perderlo todo. Lo único que me queda es pensar que todo lo que haces lo haces por venganza, como todo el mundo. Todos tenemos (es innegable) algún trastorno de la juventud o de la infancia, algún recuerdo de momentos en los que se haya actuado injustamente con nosotros, algún sentimiento de rencor hacia determinadas partes de la sociedad que nos han hecho sufrir cuando no podíamos defendernos y, ahora que somos mayores, necesitamos liberar ese rencor vengándonos de alguna manera que nos resulte placentera o, al menos consoladora. Eso es lo que haces tú con el sector en el que trabajas. Vengarte de los que, en tiempos pasados, pertenecieron a ese mismo sector y te jodieron a ti, a saber de qué manera.
Eso es lo único que me queda pensar para intentar comprender que lo que haces no lo haces por diversión, porque nadie hace ese tipo de cosas por diversión. Lo único que me queda pensar para saber que también tienes partes buenas, que eres único en el mundo y que realmente tienes motivos para sentirte orgulloso de tí mismo y todos tenemos cosas que agradecerte. Eso es lo único que me queda para no ponerme a pensar en por qué te ocultas tan bien cuando alguien te pregunta algo o te busca. No tienes ningún tipo de perfil en Internet, no tienes teléfono, no tienes lugares de contacto. Sólo tienes un empleo, una serie de tareas y un trabajo de "venganza" que ejercer dentro de la más exquisita legalidad para que nadie pueda probar que eres un hijo de puta. Yo por mi parte no pienso impregnarme de la suciedad en la que andas metido sólo para intentar acabar con algo que no me incluye. Incluso aunque intentes que me afecte. Ya conozco la manera que tienes de provocar a las personas que te rodean para que cometan algún error y tú vuelvas a salir ganando. Tú sabes hasta dónde podemos llegar los demás y te aprovechas de ello, pero yo también sé hasta dónde no puedes llegar tú, y gracias a eso las cosas no andan ni andarán peor. Por eso, como tienes la situación bloqueada y por suerte yo estoy fuera, sólo me queda mandarte un cariñoso saludo. :)

Ale, ya va uno. Tú, lector o lectora, no te asustes. Las cosas pasan, la realidad es rara. Sólo te pido como favor que no intentes actuar inútilmente en algo de lo que no tienes ni idea sólo por exhibir tu grandiosa bondad. Guárdatela para ti. Este es uno de esos casos en los que intentar salvar al ciclista que se va a caer supone que se caiga, y que tú y el resto del grupo acabéis despeñados por un barranco. Simplemente disfruta de la compleja sintaxis del texto y limítate a no preguntar. Sólo juzga. Lo siento por ponerme borde contigo, lector, pero de todos los lectores, sé que tú estás entre ellos y no quiero que seas tú el que levante la última carta justo cuando yo estoy a punto de no perder la partida.

Otro.
La cosa se va suavizando. Tú fuiste amigo mío, hablábamos horas y horas. Conversaciones eternas de filosofía incalculable, de valor inimaginable que sólo tú y yo recordamos. Noches hasta las tantas hablando de cosas de la vida de una forma peculiar, tuya y mía, y que aún podríamos recuperar, pero eso sólo será si tú sabes perdonarme cuando yo pueda perdonarte a tí. Estoy hablando de que a mí los amigos nunca me suelen durar más de tres años. Tú no duraste ni dos. Éramos los únicos, tú y yo, nos miraban a los dos antes que a nadie, porque éramos los más extravagantes del grupo, del mundo, nadie nos entendía, pero entre nosotros nos entendíamos, y con eso era suficiente. Estoy hablando de que la dichosa frase es verdad: "Cuando el amor entra por la puerta, la amistad sale por la ventana".
Pasaste de ser mi mejor confidente a amenazarme por una chica. Eso te lo habría perdonado. Lo que no podré perdonarte en mucho tiempo es que te convirtieras en el mejor compañero de las personas con las que nos cebábamos en nuestras conversaciones. Éste tío es un cabrón, porque mira lo que hace, es un falso, es un no sé qué... y ahí te tengo, pegado a su culo, porque él es la clave para llegar a ella. Una chica que a pesar de todos los esfuerzos y sacrificios que has hecho, sigue pensando que eres un imbécil sin futuro que sólo busca vivir el momento a costa de lo que sea, o de quien sea. Te fuiste también con el tío que consiguió que nadie me hablara por el messenger en un año. Con el tío que consiguió que en mi casa sólo hubiera discusiones malintencionadas. El tío que enseñó a mi propia hermana a tratarme como un pedazo de basura y a verme como un desesperado al que han rechazado y que sólo busca llamar la atención hiriendo a la gente. Eso no lo puedo aceptar, aunque sé que no eres del todo responsable de haberte ido con él, porque él lo único que tiene para ti son un par de contactos con los que llegar a tu chica, pero entiende que el sentimiento de traición es inevitable. Por eso te disculpo, porque sé que nunca has tenido malas intenciones hacia mí y que todo lo malo que me has hecho me lo he ganado yo con mis malas contestaciones, mis otras amenazas y mis imprudencias. Incluso te doy las gracias, porque gracias a ti sé cómo actuar cuando todos están contra mí, sé cuáles son las causas que llevan a la gente a pensar de una determinada manera sin ni si quiera preguntarse por qué lo hacen y he aprendido a ser un fantasma, alguien que pasa por los sitios sin alterarlos, sin alterarse, sin parecer sensible a lo que pase, sin interferir en las relaciones naturales que se dan entre las personas del entorno. Ser un fantasma para no salir salpicado. Gracias a ti conozco el arte de la manipulación y lo fácil que es conseguir que todos quieran estar contigo cuando te limitas a parecer una pobre víctima que no ha hecho nada malo, cuando en realidad sabe que está perjudicando a alguien que no puede hacer nada más.

Quién más me queda. Ah, claro, la compi ninfómana. Una carpe diem, una niña que sólo quería vivir la vida al máximo aprovechándose de todo lo que podía. Una niña que se acabó acostando con media clase y la mitad de las demás clases, una niña que descubrió sus secretos y consiguió que los demás le revelaran los suyos. Una niña con andares llamativos que se había cambiado de peinado, de un alisado tranquilo y bonachón a un pelo encardado, voluminoso y sin brillo, que parecía sucio y sin lavar en dos semanas. Esa fue una de las cosas por las que me empezó a dar asco acercarme a ella. Eso y que se iba imaginando la polla de todos los tíos con los que se cruzaba. Sus conversaciones también eran calentitas y sus secretos, un poco fuertes, pero ya no son secretos. Todos pudimos enterarnos de ellos y aquél fue uno de sus errores, al menos hacia mí. Puede que los hombres seamos unos salidos y unos cerdotes, pero hay cosas que nos dan asco, y también huímos cuando descubrimos ciertas peculiaridades. Las chicas privadas y tímidas pueden resultar más atractivas que las que, como ésta, van por los sitios como si llevaran unas bolas chinas puestas, a punto de desnudarse en cualquier lugar público para ver si algún desesperado se acercaba.
Por lo demás, una pena que también nos hayamos distanciado, pero el caso fue algo incompatible conmigo. Al fin, otra batallita más que contar.

Luego quedas tú, hija mía, la pobre chica que perdió el culo cuando me vió por primera vez. Tú nunca me gustaste, pero tenías algo por lo que no podía dejar de prestarte atención. Intentaste seducirme de todas las formas, incluso llegó a ponerse caliente la cosa, pero la idea de que tú querías algo más me espantaba, como a la mayoría de los chicos. Eso fue un error por mi parte, porque yo ya sabía que conmigo no había oportunidad alguna, pero anduve jugando contigo porque tenías un no sé qué. Incluso dijiste que lo harías sin pedir nada a cambio, pero tampoco quise aprovecharme y volví a rechazar tu oferta. Por eso espero que encuentres a alguien que te quiera tratar bien y no te vea como una loca desesperada a la que sólo han hecho daño, aunque sé que no vas a encontrar a nadie, como tampoco en mí lo encontraste. Simplemente reconoce que tus faltas de discreción dispararon todas las alarmas haciendo que alguien se alejara demasiado. Nunca volvió. Adiós.

Quedan más personas por nombrar y de las que hablar, pero la terapia hasta aquí ya ha sido suficiente, y tú, lector conocido o desconocido, ya te has enterado de bastantes cosas. No voy a impresionar a nadie diciendo que son verdad, porque a todo el mundo le pasan este tipo de cosas, incluso más fuertes, aunque no todos los días. Estas son las que me pasan a mí y las intento compartir contigo para que aprendas un poco más de mí y veas también lo que he aprendido yo, en un período que se remonta a poco menos de un año, el último año hasta ahora. Un pequeño resumen de cómo en un sólo año se pueden aprender cosas maravillosamente útiles de personas que lo único que hacen es joderte la vida.
Como sé que nadie va a venir a por mí y que no tengo explicaciones que dar, estoy tranquilo y decido a partir de ahora dejar estos temas densos y ensuciados, porque removerlos sólo sería un error.
A partir de ahora intentaré no hablar de nada con nadie, dedicarme a mis amigos, a preservar el buenrollismo como religión y a no meterme donde no me llaman, paso de ser abogado de pleitos pobres. El que quiera pegarse que se pegue, yo sólo me limitaré a no ser la causa de la pelea. Me dedicaré a mis estudios y a mi música, te escribiré a ratos para que puedas leerme en el blog y pensaré muy muy fuerte en el brillo de las estrellas cuando me acuerde de estas cosas. Con algo de rencor, sí, pero también con agradecimiento y con nostalgia a los componentes que formaron mi vida durante estos pasados meses de infernal lucha a quienientas bandas de la que me tuve que retirar porque realmente no tenía nada especial que defender al final de todo. Alguien escarmentado que lo ha perdido todo no puede sino empezar de cero, sin amigos, sin contactos, con muchas caras feas que plantar a la vida y muchas reivindicaciones que hacer, pero sin fuerzas para seguir intentando derrotar a un gigante llamado sociedad, escudado en una herramienta llamada sistema, en el que todo está interconectado, en el que si tocas una cosa, otra cosa se resiente y al final te acaba salpicando a tí.
Haz el amor y no la guerra, siembra amor, y recibirás amor, siembra odio y recibirás odio, la vida es justa. Todas sirven para lo mismo.

Empezaremos por la concordia.


sábado, 12 de junio de 2010

De los dejados al margen

Hace poco leí en Internet un artículo (véase http://www.lavanguardia.es/ciudadanos/noticias/20100430/53917172391/cuando-eres-indigente-causa-mas-dolor-la-compasion-que-el-desprecio-fuster-collserola-barcelona-vict.html ) en el que se entrevistaba a un ex-indigente, que siempre repetía que lo que le había mantenido con vida después de quince años en la calle había sido el alcohol.
Alcohol, según decía, para que "los recuerdos no acaben contigo". A partir de esto empecé a pensar que el nivel en el que cada uno fijamos nuestros conceptos de felicidad o fracaso depende enormemente de nuestra calidad de vida y de nuestra situación como personas, aunque esta tenga un elevado porcentaje de suerte.
Pilar Maya dijo en un artículo que "los hombres nos adaptamos a malvivir" con una tendencia a amoldarnos a las situaciones de pobreza, y yo creo que no tiene razón del todo. Una cosa es el instinto de supervivencia, y otra muy distinta es acostumbrarse a vivir en la calle. También he oído gente decir que "los indigentes se lo buscan ellos" y que "la culpa no es de la desigualdad en el reparto de riquezas". Para mí, el reparto de riquezas no es más que el valor económico que la sociedad capitalista da a cada persona en función de los beneficios que puede producir con su trabajo, algo muy distinto a lo que uno merece y deja de merecer si se tienen en cuenta aspectos ajenos a la economía y demás materialismos.
Es más, yo no sería capaz de juzgar a un indigente, ni por dejarse llevar por el fracaso ni por buscarse su propia ruina. Es cierto que los indigentes tienen parte de la responsabilidad por no dejarse ayudar y por no haberse esforzado lo suficiente en no caer en la indigencia, pero no creo que ninguno de ellos haya pretendido en algún momento vivir en la calle. Simplemente pienso que la esperanza es más fácil de perder de lo que pensamos y, cuando ya no queda nada que perder, uno tira la toalla y después es tarde para recuperarla.
Es demostrable a pequeña escala: cuando nos salen un par de cosas mal, ya estamos deprimidos, tratamos injustamente a la gente y reivindicamos nuestra situación con incomprensión, actuando con egoísmo, pensando que merecemos ser más complacidos que los demás porque hemos sufrido un mal con el que no contábamos. Pero si se juntan desdichas tan grandes como pueden ser la ruptura de las relaciones o no tener un sitio donde dormir, es fácil dejarse vencer, pero no porque seamos incapaces de luchar, sino porque la situación nos ha llevado a pensar que no vale la pena otro esfuerzo.
En conclusión, y aludiendo a algunos testimonios de indigentes, para mí los "mendigos" son unos héroes, aunque sólo sea por soportar lo que soportan. "Lo peor no son las condiciones de vida, sino los recuerdos de la vida anterior".

(Trabajo de Ética, 4º ESO, corregido y calificado por mi profesora Blanca Ribote, a quien está dedicada esta entrada)

viernes, 4 de junio de 2010

El cielo, la mejor utopía que se puede imaginar.

El "Cielo", exista o no exista, simboliza los deseos ineludibles de las personas por tener la tranquilidad de saber que existe un lugar donde las cosas están bien, donde reina la calma, donde todo el mundo encuentre un hogar, o lo más parecido que entienda por este concepto. Un lugar donde saber que todo no acabará en cualquier momento y donde conservar el amor que todos hemos desarrollado hacia lo que conocemos, a pesar de que los inconvenientes de la vida nos hayan obligado a ocultarlo. Un lugar en el que no tengamos que esconder nuestra personalidad detrás de un montón de sistemas de defensa social para no desmoronarnos ante los ataques de intolerancia que sufrimos constantemente por circunstancias que, por mucho que condenemos, son iguales a las que nosotros provocamos en nuestro beneficio cuando nos conviene. Un lugar en el que no tengamos la oportunidad de herir a nadie, porque nadie querrá herirnos a nosotros, y por tanto, un lugar en el que reine la sinceridad por encima de la desconfianza. En fin, ese llamado "Heaven" donde se cumplen los deseos colectivos de la humanidad y en donde el ser descansará por primera vez en su desde siempre eterna lucha por la supervivencia. Lo que nos gustaría ver después de nuestro "Rest in Peace".

domingo, 30 de mayo de 2010

Otro texto anodino, para que el lector sepa hoy algo más

Domingo, 30 de mayo de 2010, 6:55 am, suena el despertador a toda pastilla, me entra la taquicardia, abro los ojos, enciendo la lamparita de la mesilla y me apresuro a apagarlo. Me quedo un rato reposando la cabeza sobre la almohada, intentando acordarme de lo que estaba soñando. 7:00 am, vuelve a sonar el despertador. Ya he tenido tiempo de descansar. Si pudiera seguir durmiendo, no habría puesto el despertador a esta hora. Me levanto de un salto, me siento al borde de la cama, no me pongo de pie, no me quiero marear. Busco las chanclas, voy al baño con mi toalla. Con los ojos aún cerrados y la casa dormida, abro la ducha, me desnudo, entro. El vapor del agua caliente me recuerda que en el mundo aún queda algo placentero. Hache dos O. Agua. Líquido fluyendo por el cuerpo desnudo del hombre, que es como naturalmente ha nacido: desnudo y mojado. Siento cómo el jabón sobre mi pelo y mi cuerpo arrastra el sudor, la sal, la suciedad y la energía negativa que he acumulado durante el día anterior. Mis poros se cierran al cambiar el agua a temperatura fría. Mis músculos salen de su letargo lentamente. Escurro mis extremidades para no empapar todo el suelo. Salgo a por la toalla. A estas alturas del año, uno ya no siente tanto frío al salir de la ducha. Me seco y siento cómo mi piel recupera la tracción sobre los tejidos algodonosos que absorben el agua que cuelga de mí.
7:15 am, en la habitación, saco la ropa interior, me la pongo, cuelgo la toalla para que se seque, me doy desodorante, me pongo los pantalones de correr, los que me quedan veinticinco centímetros por encima de la rodilla. Busco mi camiseta blanca transpirante, me la pongo. Ya se ha secado el desodorante, roll-on, con clorohidrato de aluminio, que aunque es cancerígeno, es un componente imprescindible para ayudar al desodorante a adherirse a la piel durante muchas horas. Despierto a mi hermana, me preparo un café, un donuts y no sé qué más. El perro aún duerme entre las piernas de alguna cama, le oigo roncar.
7:40 am, me peino un poco, preparo el iPod, el DNI y un bonobús. Después de bajar al perro para que no se haga sus necesidades en casa, salimos en dirección al metro. En cada estación se van subiendo cada vez más personas con la camiseta que daban junto a los dorsales de la carrera, con la propaganda de Liberty Seguros. El metro parece una secta. ¡Suicidémonos!
8:10 am, llegamos a Goya, esperamos a una profesora que iba a venir a correr, pero no la encontramos, y a las 8:25 decidimos ir a la zona donde reparten los chips y de paso buscamos la salida. Los altavoces suenan. Música y un narrador indicando las actividades, la organización y demás preámbulos. Diez kilómetros por delante, bebemos agua en una fuente. No hemos ido al baño en dos horas.
Salen los paralímpicos, un minuto después dan el pistoletazo. Pasamos por la línea de salida a las 9:02 am.
Encauzamos la calle Alcalá en dirección Oeste, el lateral del retiro da ambiente de naturaleza, llegamos a Esparteros, nos metemos por el túnel subterráneo y se oye a todos los corredores, motivados y con energía, gritar aprovechando la reverberación del pasadizo. Un escándalo que da bastantes ánimos.
Poco tiempo después y habiendo pasado la puerta de Alcalá, llegamos a la rotonda de Cibeles, giramos en dirección Norte, Paseo de Recoletos. Gran putada. Empieza la cuesta arriba. Llegamos a Colón sin quejarnos mucho, empieza a dar la sombra. Paseo de la Castellana bajo los árboles. Pierdo a mi hermana y no sé más de ella. Después de un par de kilómetros, llegamos a unas mesas con publicidad de Gatorade, esperamos a que al pobre chaval le de tiempo a llenar todos los vasos. Nos dan también botellines de agua de trescientos treinta mililitros. Me mojo la espalda, me trajo la mitad de la botella y la llevo en la mano. Mojados e hidratados seguimos todos cuesta arriba, yo motivado con mi música, otros escuchando únicamente el aliento sofocado de los cientos de corredores que coincidimos. Desesperados por la subida, empezamos a buscar la torre de Caja Madrid, a la espera de que llegue el giro del Bernabéu. Llega la torre Picasso, a lo lejos. Aún queda un poco. Por fin el cilintro vertical, edificio lima en la esquina, giramos, Estadio, tiendas, gente mirando y aplaudiendo. Concha Espina no es ningún alivio. Pronto empieza otra subida, algunos se quedan atascados, pero algunos intentamos superar nuestro propio esfuerzo con los tobillos. ¡Arriba!
Acaba la subida, corremos sobre llano, luego una pequeña bajada, y así hasta el parque de Berlín. En el giro, dejo la botella sobre un banco, por si a alguien de atrás le viene bien.
Cuesta abajo, menos mal. Consolados, empezamos a acelerar, pero poquito, que no vamos sobre ruedas y la amplitud de las piernas sigue siendo la misma. Empiezan a tirar los tendones delanteros de los tobillos. Las zapatillas de running hacen su efecto. Empezamos los corredores a emparejarnos, corriendo por turnos, tú delante, ahora yo, y así hasta que el desfase es demasiado grande y uno de los dos cambia de ritmo. Pequeño incidente en mitad de la bajada, un hombre en el suelo, aunque consciente. Atendido por tres personas, al cabo de un rato se oye la sirena de una ambulancia que baja a gran velocidad. Después de la última cuesta arriba, se aproxima el giro por la calle Goya, pero coincidimos con la ambulancia, que tiene que girar a la derecha para ir al hospital, seguramente el San Rafael. Nosotros a la izquierda hacia el Palacio de los Deportes. Tres policías municipales detienen el paso de los corredores, hacen una barrera con los brazos, a mi me dan en el cuello porque no los he visto. ¡Quietooos! Empezamos a dar saltitos para no perder el ritmo. Pasan la ambulancia y una moto de policía. Se abre la barrera, empezamos a correr como los San Fermines, escuchamos ya los altavoces, el hombre diciendo "¡Un kilómetro!". Motivados y abatidos a la vez, la última subida. Se quedan atrás otros tantos. Yo intento no pasarme adelantando. Al final, después de los diez interminables kilómetros, llega el arco de la meta, pisamos todos la banda azul para que nos detecten el chip, seguimos andando hasta la plaza de El Corte Inglés. Allí cambian el chip por botellas de bebida isotónica y paquetitos de galletas. La gente se amontona en los bancos para estirar, los bares se llenan de gente, el metro hasta arriba. Los corredores siguen llegando, es un embudo. Miro la hora, son las 10:03 am, descanso un rato, pero sin pararme.
A las 10:40 aparece mi hermana en el punto de encuentro, quejándose, dice que le ha ido mal. Problemas intestinales, se ha hecho los últimos cuatro kilómetros caminando, pero ha terminado. Un ratito de reposición y al metro, vuelta a casa, con las piernas al aire, la camiseta húmeda, el dorsal arrugado y la boca abierta.
Los corredores van desapareciendo. Casa, duchita y ¡Sorpresa!
Por primera vez en muchos años, al menos para mí, es domingo y son las 11:30 de la mañana, todo el día por delante, y yo ya he hecho la mitad. Bajo a por el pan, la gente se acaba de levantar. Señoras paseando al perro, hombres que compran el periódico. Y parece que son las cinco de la tarde, tengo ganas de echarme la siesta de después de comer, pero aún no ha llegado el mediodía.
Estoy cansado, sí, pero aún así me tomo un café bien cargadito, no quiero caer dormido, comemos, friego los platos, hago la mitad de un trabajo para el miércoles, limpio un poco la casa, cambio las sábanas y hago la cama, recojo la habitación, que estaba hecha una pocilga, me da tiempo incluso a arreglar un par de cosas en el ordenador, a hablar con la gente, a preparar la mochila, leer un rato, dar a mi madre un masaje de cuarenta minutos y jugar con el perro.
Ahora estoy cansadísimo, pero con un poco de energía para escribir la parrafada que acabo de escribir.
Conclusión: hoy ha sido el domingo que más me ha cundido en toda mi vida.
Recomendación: Levántate todos los domingos a las siete de la mañana, aprovecha para hacer cosas antes de que los demás se levanten, y tendrás el doble de día. Además, esto sirve para olvidar un poco la depresión de los domingos por la tarde, porque da la sensación de que uno ha aprovechado más el día, sin estar tirado, echando siestas y viendo la tele.
Hala, me voy a la cama, que mañana es lunes y aún quedan dos semanas de intenso trabajo para terminar el curso.
Otro texto sin contenido reivindicativo, sólo informativo, a modo de diario, para que quien tenga un rato y le apetezca leer se entere de lo valioso que es el tiempo de los domingos.